Como el terremoto destruyó mi casa (mi único bien, fuera de mi mujer y mis hijos), tuve que reconstruirla con enorme sacrificio y molestias. El proceso reveló que la construcción es una artesanía que apenas supera las usanzas medievales; que los proveedores son ávidas pirañas ansiosas de morder y que la mano de obra disponible reúne, pese a la tecnología, todos los vicios y muy pocas de las virtudes del mundo moderno.
El proceso de la construcción fue terriblemente desorganizado pero, sobre todo, fue un ejercicio de dilapidación de recursos: clavos, tornillos, brocas, discos de corte, brochas, bisagras, perfiles, maderas caras, pisos flotantes y revestimientos fueron consumidos como si los regalaran y los sobrantes botados a la basura sin asco como si no tuviesen valor. Recuerdo de mi niñez, que todo servía, que nada debía desperdiciarse. Recuerdo a la gente recogiendo clavos, herraduras, huesos, latas y un sin fin de cosas para darles o encontrarles uso. Y ahora veo a los hijos de esas personas, dilapidando sin medida.
Como mi nueva casa se edificó en el terreno de la demolida, se conservó el jardín, con árboles de casi 20 años, rosales, filodendros, helechos, arbustos ornamentales. Poquitos, pero queridos. Y llegaron los maestros y pese a mi solicitud de cuidarlos les pasaron por encima, sin necesidad, sin cuidado, sin respeto, sin consideración, como encapuchados de cara descubierta, con supremo descuido.
Mi hija, que tuvo que operarse ambos ojos, procedimiento que se hizo para los dos en un solo acto quirúrgico. Entonces en la clínica le dijeron que había que presentar la cosa a la Isapre como si se tratara de dos operaciones separadas efectuadas en días diferentes, porque así se evitaba que el copago por el segundo ojo se aumentara significativamente. Pareciéndole raro el asunto hizo algunas averiguaciones discretas, descubriendo que en el caso de operación simultánea los gastos médicos de la clínica y los honorarios médicos eran a su vez castigados. Al separar artificiosamente los procedimientos, ella ahorraba un tanto en el copago, pero la clínica, recibía dos hospitalizaciones y los médicos, dos honorarios. Una clara deshonestidad, por decir lo menos.
Y es que las tres D de la nueva cultura son, precisamente, DILAPIDACIÓN, DESCUIDO y DESHONESTIDAD. Es lo que hemos construido en estos años de la recuperación de la democracia y lo que estamos trasmitiendo hacia el futuro.
Jagarcia. Me alegro que hayas podido reconstruir tu casa. Me imagino lo que pasaste, contratar a un “maestro”, y en tu caso a varios, es encontrarse con el Chile real, que yo conozco muy bien producto de mi trabajo. Estoy de acuerdo con lo que dices de la dilapidación y la deshonestidad, pero no con el descuido, creo que es aun peor, mala leche o resentimiento podría ser.
ResponderEliminarSobre los médicos, me he topado con algunos honestos y profesionales, y con otros que son unos sinvergüenzas. Lo que prueba que en Chile el problema no es la educación, es como tú dices, la cultura.
Gasto imprudente y desmesurado.
ResponderEliminarFalta de atención y de cuidado.
Falta de honestidad, de ética, de rectitud y de honradez.
Yo me pregunto, como es que aun asi funcionamos, con todos estos vicios enquistados en la mayoría. :(