Hace un año, más o menos el 8 de agosto de 2011, comencé a escribir regularmente en este blog creado algo antes, haciéndolo religiosamente día por medio. En el periodo escribí alrededor de 170 comentarios sobre los más diversos temas, generalmente sobre tópicos de actualidad y ocasionalmente sobre cuestiones valóricas. Los motivos que me orientaron a comentar fueron tanto cívicos y como disciplinarios: por una parte un interés por expresar ideas y por otra, auto imponer una tarea. Mis objetivos fueron variados: sentar una postura, hacer opinión y dejar huella. Mi método fue desesperado: la preocupación por encontrar un tema de interés, el esfuerzo por lograr enfocarlo adecuadamente y el propósito de escribir sobre ello correctamente. Mi estímulo fue la observación del efecto creciente de las redes sociales y la percepción de que parecían abrir canales de comunicación que por escapar al control del sistema (the establishment como dicen los gringos) podrían tener un alcance virtuoso. En ese sentido, la observación de la estructura de esas redes—Messenger, blogs, Facebook y Twitter fundamentalmente—llevaba entonces, a pensar que ello era posible, aunque no probable.
Digo que tuve motivos disciplinarios, porque imponerse la obligación comentada—que toma bastantes horas y trabajo—significa una carga que obliga a planificar y distribuir el tiempo, impone un ritmo que regula la actividad y mantiene la mente abierta. Algo así como tocar piano todos los días durante una hora o avanzar treinta o más páginas de un par de libros sobre los temas de interés. En ese sentido cualquier esfuerzo en pos de mantener cierta lucidez resulta virtuoso y mantiene a raya al peligroso marasmo que desencadenan la rutina y la edad.
Creo que comencé a desilusionarme y a sentir como perdido el esfuerzo, cuando—como comentara en el blog del 28 de julio Loncos y Toquis—analicé las relaciones de la comunicación que las redes sociales permiten. Mi conclusión desanimada fue que Facebook y en especial Twitter, no eran propiamente redes sino atalayas piramidales donde seguidos y seguidores estaban prácticamente incomunicados en virtud de la escasa probabilidad de dialogar, que es un objetivo esencial de la comunicación. Algo así como cajones de manzanas a los que subirse para hablar como se hace en el Hyde Park londinense, pero separados de los eventuales paseantes por el espacio virtual. Una comunicación de un solo sentido, aunque no se podría negar que efectiva—como lo dije en ese blog—como medio para pasar avisos, concitar asonadas, reunir manifestantes o citar encapuchados. Los blogs, por otra parte, terminaban constituyéndose más como columnas periodísticas de sentido editorial leídas sólo por partidarios, predicadas en un desierto virtual demasiado poblado.
La conclusión es que un año de esfuerzos sistemáticos y regulares está bien por ahora. Dejo pues la pluma (o el teclado si Ud. prefiere) y transfiero el tiempo de mi blog a mi piano y a los libros que no he alcanzado a leer. A tout a l’heure.