martes, 7 de agosto de 2012

FINAL DE UN CICLO:

Hace un año, más o menos el 8 de agosto de 2011, comencé a escribir regularmente en este blog creado algo antes, haciéndolo religiosamente  día por medio.  En el periodo escribí alrededor de 170 comentarios sobre los más diversos temas, generalmente sobre tópicos de  actualidad y ocasionalmente sobre cuestiones valóricas. Los  motivos que me orientaron a comentar fueron tanto cívicos y como disciplinarios: por una parte un interés por expresar ideas y por otra, auto imponer  una tarea. Mis objetivos fueron variados: sentar una postura, hacer opinión y dejar huella. Mi método fue desesperado: la  preocupación por encontrar un tema de interés, el esfuerzo por lograr enfocarlo adecuadamente y  el propósito de escribir sobre ello correctamente. Mi estímulo fue la observación del efecto creciente de las redes sociales y la percepción de que parecían abrir canales de comunicación que por escapar al control del sistema (the establishment como dicen los gringos) podrían tener un alcance virtuoso. En ese sentido, la observación de la estructura de esas redes—Messenger, blogs, Facebook y  Twitter fundamentalmente—llevaba entonces,  a pensar  que ello era posible, aunque no probable.

Digo que tuve motivos disciplinarios, porque imponerse la obligación comentada—que  toma bastantes horas  y trabajo—significa  una carga que obliga a planificar y distribuir el  tiempo, impone un ritmo que regula la actividad y mantiene la mente abierta. Algo así como tocar piano todos los días durante una hora o avanzar treinta o más páginas de un par de libros sobre los temas de interés. En ese sentido cualquier esfuerzo en pos de mantener cierta lucidez resulta virtuoso y mantiene a raya al peligroso marasmo que desencadenan la rutina y la edad.

Creo que comencé a desilusionarme y a sentir como perdido el esfuerzo, cuando—como comentara en el blog del 28 de julio Loncos y Toquis—analicé  las relaciones de la comunicación que las redes sociales permiten. Mi conclusión desanimada fue que  Facebook y en especial Twitter, no eran propiamente redes sino atalayas piramidales donde seguidos y seguidores estaban prácticamente  incomunicados en virtud de la escasa probabilidad de dialogar, que es un objetivo esencial de la comunicación. Algo así como cajones de manzanas a los que subirse para hablar como se hace  en el Hyde Park londinense, pero separados de los eventuales  paseantes por el espacio virtual. Una comunicación de un solo sentido, aunque no se podría negar que  efectiva—como lo dije en ese blog—como medio   para pasar avisos, concitar asonadas, reunir  manifestantes o citar encapuchados.  Los blogs, por otra parte, terminaban constituyéndose más como columnas periodísticas de sentido editorial leídas sólo por partidarios, predicadas en un desierto virtual demasiado poblado.

La conclusión es que un año de esfuerzos sistemáticos y regulares está bien por ahora. Dejo pues la pluma (o el teclado si Ud. prefiere) y transfiero el tiempo de mi blog a mi piano y a los libros que no he alcanzado a leer. A tout a l’heure.

domingo, 5 de agosto de 2012

PROHIBIDO PROHIBIR:

Da la sensación de que desde mayo de 1968, hemos dado una vuelta completa a la realidad, volviendo a los mismos enredos sociológicos que los cambios revolucionarios de esa época procuraron resolver.  De nuevo estamos comenzando a creer que con regulaciones, normativas, limitaciones y coacciones se puede conseguir el bien común, en vez de pensar que al enseñar, orientar, convencer y cooperar se consigue mucho más y de mejor manera.

No es fácil comprender la dimensión negativa que pueden alcanzar las regulaciones, hasta que comenzamos a sufrir las consecuencias no deseadas de los procesos que echan a correr. Eso ha quedado claro—por lo menos para los observadores ilustrados—en el funcionamiento de las economías, en un proceso que en cincuenta años  llevó a reemplazar las políticas de estilo keynesiano y los modelos de planificación centralizada por los  modelos neo liberales de mercados abiertos y competitivos. El cambio se hizo porque en ese lapso de tiempo quedó en evidencia que el control social  de las economías no podían competir con la autorregulación que conseguía automáticamente el mercado. Parece que, sobre todo en Chile, la idea de la regulación estuviera metida en la genética de la cultura, de manera que basta la ocurrencia de un fenómeno para que surja la idea de controlar, limitar, restringir o regular las conductas. Las nociones de la responsabilidad social, del derecho a la libre determinación, de la conveniencia del autocontrol personal, no son consideradas suficientes y no se estimulan, impulsan ni enseñan.

 Fíjese Ud. como opera la lógica de la regulación: comenzamos hace tiempo con la idea de la restricción vehicular, que en un principio procuraba incentivar el reemplazo de los viejos vehículos con altos grados de emisión de gases y material particulado por unos nuevos dotados con motores más eficientes funcionando con gasolina de mejor calidad y dotados de escapes catalíticos. Terminamos usando la norma de restricción para limitar la cantidad de esos nuevos automóviles  circulando por las calles. A continuación vino la peculiar idea de algún cretino ordenancista, de limitar las armas en manos de los particulares, so pretexto de impedir que fuesen sustraídas y utilizadas  por los delincuentes.  Terminamos encerrados en nuestras casas, inermes e indefensos,  mientras los cacos se pasean en nuestros vehículos por nuestras calles cargados con nuestros enseres.  Seguimos con las limitaciones al tabaco,  prohibiendo primero fumar en los edificios públicos y en los restoranes, llegando a la idea que se ha sugerido de prohibir fumar en la calle o que se ha considerado de impedir fumar en plazas y parques. Hace poco comenzamos a controlar la venta de los fármacos, el consumo de superochos (luego calugas y chocolates), el abuso del alcohol, el uso de las chimeneas…Para qué detallar más…

¿Y donde está la educación y la enseñanza que podrían orientar las conductas? Discutiendo sobre el lucro ¿Y dónde están las policías que podrían controlar el delito callejero? Vigilando centro comerciales en comunas acomodadas ¿Y dónde está la Justicia, que podría encarcelar a los bandidos? Persiguiendo delitos históricos perdidos en la memoria u otorgando garantías a facinerosos a los que sólo se puede atribuir el delito de “receptación”, porque no hay  ningún notario presente en el momento en que cometen sus fechorías.

Lamentablemente los movimientos sociales que se perciben en el futuro no tienen la mirada liberadora,  poética y bucólica de los del 68, están conducidos por termocéfalos vendido a la política y no auguran más que nuevas limitaciones y prohibiciones por doquier…

viernes, 3 de agosto de 2012

EL DELITO EN EXPANSIÓN SÓNICA:

Estando en Roma hace algunos años, los naturales del país me advirtieron sobre el peligro que representaban los carteristas chilenos que actuaban en equipo arriba de los tranvías y buses. Por esa razón era conveniente prescindir de la billetera y reemplazarla por un trozo de cartón corrugado doblado y recortado más o menos del mismo tamaño puesto en un bolsillo del pantalón. La teoría decía que el carterista palparía la billetera de cartón, estimaría que por su consistencia sería muy difícil sacarla disimuladamente y por ende, a otra cosa mariposa. Comprobé que en la apretura de las subidas y las bajadas, las sensibilidades se confunden: me robaron la billetera de cartón y un pañuelo sin ninguna dificultad. Sospecho que fue un compatriota porque manos de seda como esas, sólo se dan por estos lados. Además, momentos antes de la pérdida, escuché a un par de pasajeros hablando en chileno empleando la jerga habitual, abundante en huevos y conchas.

He tocado el tema de los robos, porque con lo de las clonaciones en Temuco, estamos completando el círculo de la delincuencia. Mire Ud.: ya no se puede dejar la casa sola así esté resguardada por la mejores alarmas, porque la desvalijan; ya no se puede dejar el automóvil estacionado porque lo abren y lo desvalijan también (o se lo llevan), así tenga alarma o esté en un estacionamiento vigilado; ya no se puede ir tranquilo al Banco, a tiendas de lujo o a la farmacia porque si uno no tiene suerte le toca el asalto; ya no se puede caminar tranquilo por la calle después de oscurecer, porque lo cogotean; y por último, ya no se puede usar los cajeros electrónicos porque le clonan la tarjeta con alguno de la media docena de métodos de última generación.

Tengo un amigo al que entre dos lo patraquearon en un cine sin que tuviese que  moverse de su butaca; otro al que lo asaltaron en un bus interprovincial; se de un señor que fue cogoteado en el box de urgencia una posta mientras experimentaba un preinfarto y un vecino fue asaltado mientras estaba sentado en un baño público. Mi auto lo abrieron dentro de mi casa con un control (me di cuenta porque ví el destello de las luces) y ahí aprendí que era peligroso abrirlo cuando había  alguien cerca, porque era posible que copiaran el pulso electrónico del aparato.

¿Qué nos está quedando de la vida en sociedad? ¿Para qué pagamos impuestos? ¿De que sirven las policías? ¿Para qué la Justicia (no digo los jueces)?

Y sin duda, la cosa debería empeorar, porque es evidente que los rateros son más inteligentes y  están más actualizados que las policías, que las autoridades, que los juristas y que la legislación. No digo que los políticos, porque Ud. podría creer que hablo en broma.

miércoles, 1 de agosto de 2012

NECESIDAD DE LIMPIEZA:

En uno de sus doce  trabajos,  el héroe de la mitología griega que conocemos por su nombre latino Hércules, debió limpiar en un solo día los enormes establos del Rey Augías,  en los que se acumulaban tan enormes cantidades de estiércol, que parecía imposible que un mortal, incluso siendo hijo de Zeus, lo pudiese hacer. Hércules pudo cumplir porque hábilmente desvió un par de ríos que se llevaron  la inmundicia sin problemas. Es necesario recordar que Hércules hacía tales trabajos como una suerte de expiación,  librando de paso a la población de muchos males,   razón por la cual se los considera como elementos de la cultura (se los mencionaba cuando éramos más cultos y versados) cuando por su naturaleza los trabajos se aplican a las situaciones actuales de interés social. Así matar a la Hidra de Lerna—monstruo  de muchas cabezas que cuando le cortaban una  la reponía con otras dos—pasó a ser sinónimo de acabar con  organizaciones  con muchas ramificaciones, como podría ser la mafia, el narcotráfico o las cúpulas de los partidos. En el caso de limpiar los establos de Augías, se suele hacer un paralelo con aquellas situaciones en las que la corrupción, las malas prácticas o simplemente la desidia han llevado a las organizaciones o las instituciones  a extremos insoportables. Recordado es el caso del Cuerpo de Policía de la ciudad de Chicago en los años veinte, tan corrompido por los gangsters y degradado por el cohecho, que tuvo que ser intervenido y reestructurado desde su raíz. Es un tema recurrente en muchas películas norteamericanas que hemos visto en Los Intocables, Sérpico y muchas más.

Los chilenos podríamos estar necesitados de un trabajo equivalente a limpiar los establos de Augías.  Me refiero a los repetidos escándalos en el Congreso—clientelismo, compra de zapatillas, bailes koala, motos de nieve, contratación de parentelas, envío de correspondencia, partes en la carretera, etc.—, o a cuestiones turbias en las Instituciones—como  el MOP GATE, los sobresueldos, la Cenabast y tantas más—que podrían demandar  tareas como las de Hércules.

En la primera de la Instituciones mencionadas—el Congreso Nacional— y aunque Ud. no lo crea, los  chilenos podríamos hacer una buena limpieza, tal como en el caso de los establos de Augías, también  en un solo día  y también con la desviación de un río. Mire Ud.: el día sería el 17 de noviembre de 2013, día de las elecciones parlamentarias y presidenciales y el río serían   los votos de millones de chilenos sufragando por otros candidatos que los cuestionados en ambas cámaras y evitando votar por  quienes llevan mucho tiempo colgados de las dietas. ¡Y hasta podríamos hacer un ensayo el 28 de octubre próximo, en las elecciones de Alcaldes y Consejales, evitando votar por aquellos Alcaldes que no lo han hecho bien y por los Consejales que no han cumplido su labor!

¡Un trabajo digno de Hércules, sin duda, pero que algún día tiene que hacerse!

lunes, 30 de julio de 2012

¿SATISFACCIÓN O FELICIDAD?

¿Cómo se considera Ud.? ¿Completamente  insatisfecho, poco insatisfecho, medianamente satisfecho, altamente satisfecho o completamente satisfecho? Son los conceptos contenidos en la pregunta que  la encuesta CASEN hizo por primera vez a sus entrevistados, cuyos resultados han sorprendido a todos, han encantado a algunos y han espantado a otros, según su color político.

Naturalmente los personeros de gobierno han visto en las cifras una señal de sus logros por el elevado y sorprendente porcentaje de satisfacción arrojado por la consulta: un 27,2 % de medianamente satisfechos, más un 42,3 % de altamente satisfechos y más un 20,8 % de completamente satisfechos, lo que hace un 90,3 % de gente con algún grado de satisfacción en contraste con sólo un 9,8 de ciudadanos con algún grado de insatisfacción (no da exactamente 100, pero los estadísticos que tienen explicación para todo, podrían aclarar la diferencia).

Los opositores, en cambio,  se han complicado enormemente con las cifras y no pudiendo celebrar ese 9,8 % de insatisfacción, han recurrido a discutir el concepto consultado, la metodología empleada, la oportunidad, la muestra   y las oscuras intenciones perseguidas por la encuesta. En cualquier caso y por las declaraciones de algunos personeros opositores, parecería que lamentaran tanta satisfacción y hubiesen querido que la insatisfacción fuese mucho mayor. Una cuestión parecida a su reacción frente a la información sobre una disminución relativamente marginal de la pobreza y una reducción importante de la indigencia, que pareció molestarles de sobremanera.

¿Qué pasaría, me pregunto,  si en una encuesta se preguntase sobre la felicidad? ¿Cuáles sería los resultados y a quiénes complacerían políticamente? Claro que nunca se hará una pregunta como esa, no sólo porque el concepto “felicidad” es mucho más complejo y oscuro que el de “satisfacción”, cuanto porque por eso mismo los encuestadores perderían mucho tiempo aclarando qué es la felicidad a los consultados. De todas maneras es seguro el porcentaje de los “no sabe o no contesta” sería enorme, una respuesta que tendría oportunamente, uso político.

El problema puede residir en que la “satisfacción” es una opción cuantificable, contrastable, medible y comparable, en tanto la “felicidad” es una percepción fugaz, pasajera, breve, difusa y subjetiva. Nos sentimos satisfechos en función de lo que hemos logrado, de lo que tenemos, de las seguridades que hemos acumulado y de las que podemos proyectar en un futuro. Nuestra satisfacción es la medida  de nuestro progreso comparado y depende de las sensaciones que el medio en que nos desenvolvemos nos permite. La felicidad, en cambio, es un sentimiento, una sensación, una indefinible e indeterminada percepción que obra como consecuencia derivada, como síntesis, como climax de un instante, de un suceso, de una experiencia.

No podríamos preguntar por la felicidad pero tal vez podríamos consultar a los entrevistados si han sido felices. Podríamos tratar de saber si alguna vez han experimentado la felicidad. Posiblemente muchos nos dijeran que sí, que han tenido sus momentos, que en ciertos instantes de su vida se sintieron felices y otros—como Borges los hiciera—nos declararían no nunca haber sido felices. Y nuevamente los políticos  procurarían apropiarse de esos momentos nuestros y tratarían  interesadamente de sacarles provecho. Y posiblemente, si fueran consultados por el instante en que fueron políticamente felices dirían lo que declaró uno que no ha mucho expresó con fina cursilería, que su momento de felicidad había sido la noche del triunfo del No… Seguramente por aquello de la alegría por venir.

sábado, 28 de julio de 2012

LONCOS Y TOQUIS:

En la horda primordial de los homínidos de hace 300 mil o más años, digamos entre veinticinco y cincuenta individuos emparentados e interdependientes por razones de subsistencia y seguridad, las aptitudes diferenciales distinguían a unos de otros equivaliendo según  las circunstancias, al orden social: en la paz, mandaban los buenos administradores; en la guerra, los hombres más fuerte. Tal como entre los araucanos, diferenciando entre loncos y toquis. No había necesidad de mayores delegaciones ni mucho lugar a la política, ya que esas aptitudes saltaban a la vista y no había mucho tiempo para decidir. La comunicación era directa, es decir, cara a cara, de manera  que salvo que todos hablaran (gruñeran guturalmente) al mismo tiempo, no se perdían muchos mensajes  y todo terminaba por saberse.

Por el contrario, en la horda civilizada que nos toca vivir compuesta por miles y miles de individuos relativamente parecidos, pertenecientes a montones de formas de asociación variadas y complejas y vinculados por innumerables canales de comunicación indirecta, la mayor parte de los mensajes se pierden y caen en el vacío como cartas extraviadas sin remitente. Por eso y pese a que vivimos en multitud, nos quejamos de soledad y aislamiento y perdemos más  información de la que recibimos. Si nos llegara a tocar vivir entre hienas y leones como los integrantes de la horda, seríamos devorados sin remedio, que es precisamente lo que nos ocurre metafóricamente  a los habitantes del mundo moderno en los momentos de conflicto.

Mire Ud. lo que pasa en Facebook  o en Twitter cuando uno multiplica los contactos: no hay lugar sino para decir cosas y casi no queda oportunidad para escucharlas, dada la cantidad de mensajes acumulados. En Twitter sigo como a 20 personas a lo más y ya se me hace complicado leer todo lo que me llega; en Facebook no debo tener más de 25 amigos y me pierdo un montón de cosas en la columna que crece y crece por todo lo que escriben. 

Finalmente las redes  sociales se convierten en   atalayas desde la cual cada uno grita su mensaje sin posibilidad de interlocución o en una pizarra donde se lee sin probabilidad de recibir respuesta. O en canales de una sola vía.  Uno de mis contactos sigue a más de trecientos y es seguido por casi cincuenta mil; otro sigue a unos doscientos y es seguido por seis mil; el record sigue a quinientos y es seguido por cuatrocientos mil…¿Que pasa si solo el 10% intenta una comunicación con ellos? Es casi como la relación  entre representantes y representados.

¿Qué posibilidad de contacto real  hay entonces? ¿Qué aportan las redes a la comunicación, que resulte de verdadero valor? ¿En cuánto superan a los contactos cara a cara de la horda primordial? Salvo que discriminemos limitándonos a los más cercanos y conocidos, las posibilidades del resto son realmente pocas…¿Y entonces?  Bueno,  las redes sociales son un magnífico  lugar para pasar avisos, concitar asonadas, reunir  manifestantes, citar encapuchados. Buenas para Toquis más que para Loncos y nada de raro que terminen sirviendo para lo mismo, como se ha visto en la primavera árabe.

jueves, 26 de julio de 2012

¿INFORMADOS O CONECTADOS?:

¿Será bueno o será malo estar tan comunicados? ¿Estamos realmente comunicados o estamos simplemente conectados? Porque la comunicación no vale nada si por el canal no circula un mensaje inteligible: sería como estar al teléfono sin decir ni escuchar nada… Y tampoco vale mucho la comunicación si el mensaje no es claro, es equivocado o está falseado. Me podrían estar desinformando quizás con qué intenciones.

La lógica me inclina a pensar que es deseable y conveniente un nivel de comunicación que permita al ciudadano interesado hacer una comprensión cabal  de su circunstancia y otorgue al desapercibido la oportunidad de llegar a saber qué es lo que pasa, aunque no sea de inmediato. A la vista está lo ocurrido en el terremoto, cuando no saber significó desmanes y pillaje que acentuaron la tragedia. Del sismo supimos todos de inmediato sin necesidad de comunicación alguna (en remezón fue un canal de comunicación clarísimo), pero de la autoridad no supimos casi nada durante un lapso prolongado e hizo falta. El problema reside en determinar acertadamente qué es lo que  debería saberse de su parte en cada momento, en otras palabras, cuál debería ser el nivel de información pública conveniente, de manera de evitar el pánico, el aprovechamiento o las reacciones desproporcionadas. Ahí es donde entran a tallar, por una parte las autoridades públicas y políticas y por otra, los medios de comunicación. Lo malo es que ahí, también, es donde entran a taller los intereses que terminan por complicar el proceso.

Es lo que ha ocurrido en el asunto de la Araucanía, asunto en que la opinión pública no llega a tener la claridad debida en parte por cuestiones de estrategia y en parte por interferencia de los mencionados intereses. Eso sin contar con la dificultad de informar objetiva y simplemente un asunto complejo sin la debida perspectiva.

¿Qué pasaría en el mismo plano de la comunicación, si por desgracia entráramos en conflictos serios con alguno de nuestros vecinos? ¿Qué nos informaría  el Gobierno, qué las facciones políticas y qué los medios? ¿Nos diría el primero que estamos llamando al Embajador para consultas? ¿Nos diría la oposición que se está procediendo torpemente en contra de los intereses patrios? ¿Nos revelarían los medios que estamos siendo invadidos militarmente y que se desarrollan combates?

Naturalmente el conflicto mapuche no es una guerra entre naciones—ya lo quisieran algunos—, pero  tampoco es un suceso sin importancia y sin proyección. Y lo que no debe ser, de ninguna manera, es llegar a ser un problema  respecto del cual se corra el riesgo de desarrollar una opinión pública desinformada, como ocurrió  con los conflictos estudiantiles, que sacaron a las calles a decenas de miles de personas que no tenían claridad sobre el problema y a cientos de encapuchados que se aprovechaban de eso. Ese es el peligro que corre el gobierno  al no informar bien, oportuna  y claramente, cosa que no ha hecho y que todavía tiene tiempo de hacer. Y conste que la información no es el comentario de los hechos recientes, sino una relación explicada de los hechos presentes y pasados en una perspectiva que los chilenos podamos comprender para formar, si fuese posible, un juicio objetivo sobre el asunto.