domingo, 18 de marzo de 2012

NO HAY MAL QUE DURE CIEN AÑOS…

Los chilenos somos izquierdistas, tenemos mentalidad socializante, somos dependientes y queremos recibir las cosas más que luchar por ellas. Eso es cierto y lo prueban las encuestas o cualquier entrevista a los protagonistas de una huelga, una toma o una protesta. En síntesis, somos cívicamente  inmaduros, moralmente livianitos y dados a hacer funas y malones con cualquier excusa.  Pero a la postre, terminamos deseando el orden y el control que nos resguarde de los costos de nuestras propias debilidades. Cualquier desorden, caos, revuelta, conmoción o conflicto que se prolongue demasiado nos inquieta y pedimos a gritos al que sea, que venga  poner las cosas en su sitio.

Es lo que pasó en los mil días de la unidad popular—Allende no supo entenderlo cegado por su pretensión mesiánica—y lo que condujo a que el pueblo terminara tirándole triguito a los militares y aclamando mayoritariamente el golpe de Estado. Es lo que pasó en los años 80, cuando los militares cegados de manera parecida, no pudieron evitar que el aburrimiento cívico terminara—plebiscito de por medio—por sacarlos del poder. Porque no fue tanto la habilidad política de la oposición al régimen militar ni la falta de habilidad de sus sostenedores lo que resultó determinante en el cambio: fue el hastío de la población bien manejado por hábiles operadores.

Si Allende hubiese matizado su aventura socializante o si Pinochet hubiese manejado mejor la suya, otra habría sido la historia. ¡Pero no pudo dejar de decir que en Chile no se movía un hoja….!

Los dirigentes de la oposición extremista que viene actuando desde el conflicto de los pingüinos aprendieron mucho en los conflictos estudiantiles del 2011. Aprendieron que, como dice el refrán,  “no puede haber mal que dure cien años ni tonto que lo aguante”, porque hacia el final del proceso la gente inevitablemente comenzó a pedir la vuelta al orden y la seguridad y a darse vuelta en contra de los manifestantes.

El aprendizaje extremista se ha manifestado, en parte,  evitando cargar la mano a los santiaguinos con nuevas manifestaciones que  pudiesen despertar mayores rechazos más rápidamente—como quedó en evidencia en esta última marcha de secundarios—trasladando los conflictos a otras zonas del país donde la capacidad de aguante está todavía  intacta. Por eso ha sido Aysén y seguramente por eso será Calama.

Con todo, así como las reacciones a las infecciones son más rápidas y eficaces en los organismos preparados por la vacuna, en materia de conflictos sociales que implican rupturas de las rutinas y afectación de los negocios, las reacciones  populares que buscan terminar con el desorden y el caos para recuperar el orden, se producen más rápidamente.

Esta circunstancia obligará a los organizadores extremistas a una planificación más cuidadosa y a una coordinación más fina, lo que implicará mayor desgaste y  riesgo. Y encerrará el peligro de perder el control en el caos. Porque aunque parezca paradójico, toda revolución necesita que tener una fórmula de control si es que quiere sacar efectivo provecho político. No hay que olvidar que una revolución sin manejo político ni control puede consumir  simultáneamente al poder que  busca derribar y a los que la promueven. Lo hemos visto recién  en África .

Y es cuando surge el peligro de los caudillos. Si miramos a Aysén, por ahí a varios candidatos a caudillos. Me imagino que en Calama habrá más. El extremismo de izquierda debe estar conciente de ello, porque ha enviado a la Camilita.

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