lunes, 12 de marzo de 2012

BEBER O NO BEBER, THAT IS DE QUESTION

Bebo poco y si lo hago, es sentado en un sillón, de manera que nunca he tenido mayores problemas con la conducción en estado de intemperancia. Con todo, me inquieta la nueva   ley que endurece las sanciones por conducción bajo estado de ebriedad y disminuye los límites de alcohol permitidos para los conductores. Me preocupa,  fundamentalmente,  porque como tantas otras leyes nuestras,  tiende a sacar el problema de la esfera del autocontrol personal, que es donde debiera situarse, para ponerlo afuera, en manos de la autoridad.

Vivimos en una cultura intensamente codificada, legalista y reglamentada. Nos viene por herencia desde Roma y su concepción del derecho y de la ley—el derecho como la norma de conducta humana en sociedad orientada por la ley, que precisa los límites de la acción individual en beneficio del interés de todos—. Y nos llega  también de la España conquistadora y colonizadora de los siglos XVI, XVII y XVIII, tremendamente legalista, empapelada, extremadamente reglamentaria, burocrática y ordenancista. Una cultura que contrasta con las del norte de Europa y América, donde prima  el concepto del derecho consuetudinario, donde  los individuos deciden sus conductas moralmente y donde la Ley se reserva para cautelar lo que queda por fuera de los límites de las libertades personales ejercidas responsablemente.  Si hasta nuestra religión cristiana  tiene un sentido legalista y está poco menos que codificada: tantos padres nuestros, tantas avemarías…

La pregunta que surge es: ¿Hacia dónde debiera apuntar  la búsqueda de esas conductas humanas orientadas a precisar los límites de la responsabilidad personal para el bien común? ¿Hacia el control del Hermano Mayor o hacia el ejercicio de la libertad responsable? Y seguidamente: ¿Cómo se establece moralmente el límite entre lo que está bien y lo que está mal, cuando hay una norma externa que lo fija? ¿Qué queda para la decisión personal? ¿Qué para el autocontrol?

De aquí para adelante en vez de decidir entre lo que está bien y lo que está mal en materia de trago, voy a calcular cuánto alcohol de cada tipo puedo beber según si como o no como y cuánto tiempo voy a tener que dejar pasar esperando que el alcohol de mi sangre se diluya, para evitar la sanción potencial. Es decir, me voy a aproximar lo más que pueda al límite legal. Y lo voy a hacer mentalmente, incluso desde la seguridad de mi sillón.

1 comentario:

  1. Estas medidas se toman cuando el gobierno quiere controlar y no puede, por eso prohíbe u obliga. Se erige entonces el Estado, como el continuador de la iglesia católica, para definir el bien y el mal. El santo grial de la política es la igualdad. Hoy todos tendrán prohibido conducir, mañana con seguridad todos estarán obligados a algo.

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