jueves, 22 de marzo de 2012

EL TIEMPO DE LOS MONTRUOS

Evidentemente estamos viviendo en un interregno extraño, una encrucijada cívica complicada: un intervalo o articulación entre dos períodos diferentes que no terminan de definirse. Todo está revuelto y enredado por donde se lo mire. Como decía lúcidamente Antonio Gramsci,  "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos".

Explicar el viejo mundo es hablar de la vieja democracia perdida en el golpe de estado; es relatar las circunstancias de gobierno militar y las violaciones a los derechos de la personas ocurridas en el proceso por la acción de lado y lado; es hablar de las transformaciones económicas y la adopción del modelo neo liberal y sus consecuencias sociales; es referirse al plebiscito, al triunfo del no, a la alegría por llegar y a los años del ascenso y caída de la Concertación.

Hablar del mundo nuevo por venir es hipotetizar sobre los cambios que pueda experimentar   la sociedad chilena en materia de cultura, costumbres, ingreso y educación y su proyección  en los años por delante; es comentar los efectos del posible advenimiento de una democracia ciudadana que impulse un cambio estructural en la organización del Estado; es anticipar los problemas económicos, políticos y medio ambientales que enfrentaremos interna y externamente, en la medida que demandemos más y mejor; es adivinar lo qué ocurrirá con los conflictos externos, en materia de límites y territorios.

El viejo mundo que se muere es mantenido aún con vida en una especie de UTI ideológica, porque todavía podría entregar beneficios políticos; el mundo nuevo que aún no nace plenamente, se enreda en las dudas y los temores de siempre ante las posibilidades del cambio. Entremedio, en la confusa circunstancia, disimuladamente, están surgiendo los monstruos de que hablaba Gramsci, sin que atinemos a contenerlos, sin que sepamos como identificarlos claramente.  Ya conocemos  a algunos de los monstruos menores—encapuchados,  agitadores, oportunistas,  audaces que integran  la nueva especie, del mismo modo que narcotraficantes y  estafadores—pero se nos escapan los grandes monstruos que aun se incuban en el desconcierto, en las dirigencias incipientes, en los caudillismos potenciales.

El riesgo será no reconocerlos ni contenerlos sino hasta que sean demasiado poderosos para hacerlo y puedan adueñarse de nuestros destinos.

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