lunes, 2 de abril de 2012

LA AMENAZA DEL HERMANO MAYOR

Como en el clima natural terrestre, en el clima social y político de un país se advierten ciclos aún no bien comprendidos ni explicados, que hacen que de cuando en cuando, se presente eventos desacostumbrados con los que no sabemos lidiar muy bien. Y como tanto en la climatología como en la política  la memoria es débil—ya  sea que llueve mucho, llueve poco, hace calor en marzo o frío en febrero, hay grandes manifestaciones ciudadanas,  atentados, accidentes masivos o crímenes imperdonables—tendemos  a pensar que las cosas andan mal, se han salido de cauce y se hace indispensable una intervención superior que las enderece.

En materia de fenómenos  climáticos—sequías,  inundaciones, terremotos—se  recurre a las rogativas, las misas,  los sahumerios y hasta los machitunes, actividades relativamente subjetivas pero conformadoras del espíritu; en materia de política la cosa es más terrenal y se recurre—sobre todo en este país—a la ley. Si hay una ley, se la desentierra  y remoza; si no la hay, se la improvisa con cierto apresuramiento.

La diferencia entre ambos sistemas curativos está en que si bien las medidas  de tipo mágico no le hacen mal a nadie (y hasta pueden resultar),   las de tipo político, van encarnando un Estado cada vez más fuerte y controlador y por ende, cada vez más cercenador de las libertades y las responsabilidades personales (sin contar con que suele generar efectos culturales de largo plazo  complicados). Y cuando un Estado sobrepasa  la función  de asegurar la organización social, la económica, la política y la soberanía, es decir, cuando llega a dominar  el quehacer  y las costumbres personales en nombre del bienestar sin dejar lugar al ajuste evolutivo, estamos ante el fantasma del Hermano Mayor.

El Hermano Mayor es un apelativo de uso frecuente para referirse a los gobiernos o sistemas autoritarios, caracterizados por manejar excesivamente a sus ciudadanos, así como por  controlar  la información a que éstos acceden. Es la autoridad castigadora asomada a nuestras mentes, llevando nuestra mano, controlando nuestro hálito, preocupada de las opiniones y sentimientos más personales. Es la pérdida total de la libertad de conciencia, del derecho de opinar, de la oportunidad del libre examen, del ejercicio  de la independencia individual.

La caricatura mejor trazada de este extremo en la política la encontramos en la tantas veces citada novela de ficción política de George Orwell “1984”, libro que debía estar en el velador de todo hombre celoso de su autonomía y seguro de su moral. El análisis más descarnado de los efectos de la dominación en el plano de las creencias, pueden entenderse mejor  leyendo “El espejismo de Dios”, de Richard Dawkins.

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