El buen Cicerón habría explotado de indignación—como lo hizo con Catilinas en el Senado Romano hace más de dos mil años—con todo lo que está pasando en Chile. No habría soportado el cúmulo de enormidades que se han sucedido ni mucho menos, a algunos de los personajes de nuestra realidad. Habría gritado “Quousque tandem abutere… patientia nostra” a casi todos los rostros de la política y el acontecer nacional, con justa razón. Y no se habría explicado nuestra pasividad. No se habrían librado de su indignada interpelación ni el Presidente, ni los Ministros, para que decir los Senadores y ni mencionar a los Diputados, Jueces y Alcaldes. Cicerón se habría quedado ronco y me juego la cabeza, había perdido lastimosamente su tiempo porque a los mencionados les habría resbalado su filípica.
Tal vez tendríamos que apelar a la indignación de Emilio Zola ante la injusticia cometida por la justicia francesa con Dreyfus, y pedirle que formulara las acusaciones impactantes que necesita nuestro sistema para sacudirse de la inercia y el error. Lo cierto es que un “yo acuso” se está haciendo indispensable, pero no se ve cómo, por dónde ni por quién. Y es que no hay lucidez, interés, ni preocupación por remover las cosas en la élite política, social o cultural. Es cierto que las acusaciones no funcionan mucho en este país. Lo vimos en el MOP Gate, en el caso de las indecisiones y equivocaciones en el momento del maremoto post terremoto, en la reciente toma de las dependencias del Senado, ni en toda esta comedia de arreglines y acomodos en que está diluyéndose el conflicto estudiantil. Falta gente de estatura, gente respetable, verdaderos servidores públicos que reemplacen a la caterva de apitutados, comprometidos y mercenarios que profitan a costa de nuestros tributos. La verdad es que las manifestaciones, marchas, caceroleos, paros, tomas, desórdenes y pugilatos son señales de la indignación que cuentan en cierta medida, pero compiten con el hastío que produce su persistencia.
De las señales del cuerpo social, del pueblo, del estado llano, como les gusta decir a algunos, ha estado llena nuestra historia, pero han prevalecido como valores sólo las decisiones visionarias de personalidades impecables y las conducciones eficaces de servidores leales al bien común. Aquellos no han sido muchos y estas son contadas, pero han levantado el respetable edificio institucional con que contamos.
Lo que hay que tener a la vista es que el peligro que amenaza cuando se está necesitando así de urgentemente de una figura señera, es que las crisis son también la oportunidad de los aventureros. Y de esos estamos llenos.
Jagarcia. El gran problema es que el anhelo de todo político consiste en chutear los problemas para adelante, y que le exploten a otro cuando ellos ya no estén. Nadie quiere dar la cara si eso le cuesta un punto en la próxima encuesta. No veo al líder que tu pides –y con razón- por ninguna parte. Mira lo que pasa en Grecia e Italia, están intentando hacer algo solo ahora, cuando están en la quiebra.
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