Esa expresión “cualquier manera” es lo que está ocurriendo en las universidades, donde la opción de volver a clases antes de perder el segundo semestre comienza a imponerse por razones prácticas. Ante el peligro de perder posiciones y poder, los estudiantes en paro han retomado los edificios universitarios para prolongar el conflicto, impidiendo las clases, aunque sea artificialmente. Incluso en los casos en que en alguna Facultad ganó la opción de vuelta a clases, la toma se ha impuesto con el argumento que en la Universidad vista como un todo la opción de paro triunfó escasamente por encima del 50 %. ¡El conflicto a como de lugar! Es una señal parecida a la que Camila Vallejos ha dado al decir que se hará lo posible para evitar acuerdos entre oposición y gobierno en materia de reforma educacional.
Todo lo ocurrido no ha sido más que un conjunto de malas señales para el futuro. Malas señales en todo sentido. Malas las compañías cuando los rectores marcharon con los manifestantes sin cautelar el prestigio y seguridad de sus casas de estudio, llevados por consideraciones las más de las veces políticas; malas las compañías cuando el Presidente de los Profesores, que son factor del problema de la calidad de la educación, buscó apropiarse de vestiduras ajenas en busca de una popularidad que lo sustentara mejor que el resultado de sus gestiones a favor de la calidad y prestigio de su gremio; malas las compañías cuando los políticos –Senadores y Diputados—se pelearon lugar en las fotografías con los manifestantes y cabildearon buscando ventajas. Malo que se haya confundido el concepto de paro con el concepto de toma; malo que los dirigentes estudiantiles estén ahora buscando candidaturas a cargos de representación; malo que nos estemos habituando a lo que está pasando.
Recuerdo un panorama parecido de mis años de estudiante, antes de 1973 y cómo las cosas comenzaron a descomponerse hasta el momento del quiebre. Sin saberlo y por las consecuencias que se derivaron de la situación, los de mi generación perdimos parte de nuestras posibilidades de vida sin que nadie nos compensara después, como les ha ocurrido a los exonerados y torturados, reales o no.
Chávez lo llama socialismo del siglo XXI. Un nuevo envase para el mismo producto de siempre.
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