sábado, 12 de noviembre de 2011

SU MAJESTAD EL FUTBOL

El futbol es, además de una actividad deportiva de masas en casi todos los países y un enorme negocio de cierta turbiedad que abarca mucho planos en la mayor parte de ellos, una  manifestación cultural no despreciable desde el punto de vista sociológico. Tiene una enorme gravitación en la vida ciudadana, por su capacidad para  articular las pulsiones—esto es, los impulsos incontenibles de la psiquis—condicionando poderosamente las percepciones y desviando el curso de los acontecimientos. No olvidemos la guerra del futbol entre Honduras y Guatemala, desencadenada por uno de los partidos de las eliminatorias del Mundial de 1970. Más cerca nuestro, recordemos los eventos del Mundial de 2010, iniciados con el escándalo del entonces Ministro de Minería Laurence Golborne y su viaje a Sudáfrica (no perdamos de vista que lo salvaron los 33)  y culminados con  el episodio de Bielsa, la torpeza de tratarlo de loco y su mala educación en la Moneda. Un asunto que terminó luego de muchas vueltas y elección de la ANFP de por medio, con su salida de la dirección técnica de la selección chilena, la culpabilización ciudadana del Presidente y el comienzo de la caída de su popularidad más abajo incluso que la de Frei, que es harto decir.
Por eso no es tan extraño que en los últimos tiempos el futbol haya estado alterando significativamente ciertos equilibrios y que la celebración de encuentros importantes haya condicionado desde las manifestaciones estudiantiles—que prudentemente  evitaron interferir con las hinchadas—hasta el contenido de las encuestas de opinión y ciertas decisiones políticas. 
Indudablemente el futbol se ha coronado como una actividad esencial para decidir el ánimo  de millones de chilenos que ante un triunfo salen entusiasmados a la calle a romperlo  y ante una derrota sufren una depresión extrema y salen igual. Esto explica que los noticieros de televisión le dediquen tanto tiempo y que los periodista deportivos que lo comentan hayan sido elevados a la condición de gurú y ciudadanos egregios.
Sin embargo, el último episodio—el del bautizo—ha puesto de manifiesto que su majestad el futbol  puede estar caminando desnudo y que es una actividad que inevitablemente acoge a peluzones, que  deificados  como están creen que todo lo pueden,  constituyendo un pésimo ejemplo. Como una radiografía revela una fractura, el episodio futbolero comentado muestra lo que a primera vista y por el exterior, no se ve. Comparable con el episodio protagonizado en la sede santiaguina del Senado de la República, Ud. sabe por quien.

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