jueves, 10 de noviembre de 2011

LAS ARMAS DEL DIABLO

Cada vez que las tasas del delito aumentan en nuestro país, los gobiernos recurren al discurso de la armas. Lo hicieron los Ministros y Subsecretarios del Interior en los gobiernos de la Concertación y lo acaba de hacer ahora, en el de la Alianza, el Ministro del Interior y Seguridad Pública Señor Rodrigo  Hinzpeter. En sus dichos subyace la hipótesis (la consigna, podríamos decir) de que hay una directa correlación entre la cantidad de armas en poder de los privados y los índices de delincuencia. Con el argumento que la Constitución y el ordenamiento jurídico reservan el manejo de las armas a las Fuerzas Armadas y Carabineros, se inclinan a profundizar el control de  la cantidad y calidad del armamento en manos de los ciudadanos. La preocupación se refiere, naturalmente, sólo a las armas de fuego, aunque el delito se cometa mayoritariamente con cuchillos de cocina y estoques, destornilladores y botellas quebradas e incluso, como en el caso de los encapuchados, con los pies, con  palos, piedras, trozos de concreto y señaléticas urbanas.
Famoso fue, por su discurso en contra de las armas y  su campaña en pos de la entrega voluntaria de las que estaban en manos de particulares, el Ex Subsecretario del Interior del Gobierno de la Señora Bachelet, el hoy Diputado designado señor Felipe Harboe. Lo recuerdo en una nota de televisión examinando orgulloso un montón de viejos rifles y escopetas (incluso con valor histórico) “recuperados” como dijo, entre los que se veían un par de rifles de postones de esos con que se dispara a los patitos de lata en los parques de entretenciones.
Las estadísticas de Harboe eran ciertamente estremecedoras: miles de armas decomisadas en manos de los delincuentes cada mes, casi todas productos de robo a particulares,  constituyendo sólo una fracción de los cientos de miles de rifles, escopetas pistolas y revólveres todavía en manos de la gente. Harboe planteaba la urgente necesidad de reducir ese enorme arsenal disponible  y potencialmente “robable” por los delincuentes.  La cuestión—tal vez no lo advirtiera—equivalía  a una aceptación tácita de que el delito no estaba siendo controlado por el Ministerio del Interior y Seguridad Pública, que era el quid del asunto.
 La verdad es que en política—y esto es sólo política—cuando no se  alcanza una meta o no se consigue un objetivo, hay que buscar un chivo expiatorio. ¿Y qué mejor  si aumenta el delito y hay que buscar una explicación que echarle la culpa a las armas? ¿Que mejor que meterle mano a los particulares quitándoles sus armas? ¿Qué medida podría tener más efectismo? ¿Cuál más simple?  Y por lo demás—dicen los macucos—si  Ud. va a tomar una medida política, elija una que facilite tomar otras medidas políticas  funcionales a sus propósitos: ¿Limitar  las emisiones contaminantes de las industrias?¿Limitar la circulación  de vehículos en las calles?¿Limitar la hora de funcionamiento de los locales de entretención? ¿No será que limitar es una tendencia nacional presente en el ADN de la cultura?
La pregunta que cabe es la siguiente: ¿Quiénes nunca van a tener dificultad para conseguir armas—metralletas, pistolas, revólveres, navajas, cuchillos, fierros, palos, piedras y pedazos de concreto—los  privados o los delincuentes? 
Los Estados Unidos y Suiza, entre otras naciones,  son países donde el derecho a poseer y usar armas está garantizado por la  Constitución y no son, especialmente famosos por sus altos índice de delito en proporción a su población y la cantidad de armas en manos de los privados. Menos aún, por la proporción de ellos cometida con armas de fuego, a pesar de que existen cientos de millones de armas de ese tipo en manos de sus ciudadanos.
Las armas las carga el diablo, es cierto, pero las consignas políticas baratas son mucho más peligrosas.

1 comentario:

  1. Lo único claro, es que ningún delincuente devolvió su “herramienta de trabajo”.

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