martes, 22 de noviembre de 2011

DE HOMENAJES, FUNAS Y VERDADES

Mi hijo, que vive a cuadra y media del Club Providencia emplazado en la Av. Pocuro esquina República de Cuba, me contaba que la pelotera en la funa al homenaje a Krassnoff fue una verdadera guerra mundial. A pesar de la distancia, casi se ahogó con los gases y temió por su casa, porque los exaltados practicaban el tiro con piedra con mucha dedicación por todo el sector, seguramente con el ojo puesto en los pocos comercios cercanos  y en algún cajero automático. La verdad es que, viviendo en  una zona tranquila, alejada de colegios y universidades, no estaba preparado para estas nuevas manifestaciones de la democracia que se practica en esos establecimientos.
Fue una suerte para los asistentes al acto,  que  este  se desarrollara en ese lugar pacífico y no en las proximidades alguna casa de altos estudios, porque de haber sido así, al señor al que le arrancaron la camisa lo habrían colgado con ella y a los demás  asistentes los habrían lapidado sin vacilación. Ese es el lado bueno de la cosa.
¿Qué pulsión estamos experimentando los chilenos que están  pasando estas cosas? ¿Por qué hemos desarrollado está tendencia tan extrema a la violencia por cualquier agravio? No hay que olvidar que la violencia desatada no sólo se produce cuando, como en el caso comentado, podría haber una justificación de parte de los que creen que la Justicia procesó bien y condenó ajustadamente a Krassnoff y se molestan cuando se lo homenajea, sino que ocurre en cualquier incidente y circunstancia. He visto conductores enzarzados en tremendo pugilatos por un topón y peatones dándose de golpes con vendedores ambulantes por haberles pisado inadvertidamente la mercadería regada por la acera que es un bien público. Es que vivimos un clima generalizado de violencia y de tensión que va in crescendo.  En ese sentido,  cuando se dice que el  delito ha escalado y los delincuentes son cada vez más violentos, lo cierto es que sólo van con la tendencia. Es una situación en que se combinan el odio, la frustración y la impotencia entre otras pulsiones,  explotando en la menor oportunidad, haciendo que las personas normales se salgan de sí y que los que no son normales, se vuelvan locos.
Las opciones son dos: que los ánimos se aquieten o que las pasiones se desencadenen sin control. Lo problemático es que puede ser que una explosión violenta sea más  funcional a los intereses omnipresentes que la calma y la paz.
Dadas las comparaciones que se han hecho, es bueno recordar  que cuando en 1898 se reabrió el caso Dreyfus volviéndolo a juzgar luego del J’Accuse de Emile Zola, hubo asonadas en su contra—funas las llamaríamos ahora—y lo volvieron a condenar.

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