jueves, 24 de noviembre de 2011

HOMENAJES AL TROTE:

No me puedo sacar de la cabeza—hablando de homenajes imprudentes,  indebidos y  torpes (que ha habido muchos)—aquel famoso trotecito hacia Fidel. ¡Qué emoción, qué entusiasmo, qué consideración por los que pudiéramos pensar diferente! ¡Qué manera de representarnos a todos! Frente a ese momento, digno de la comedia antigua, todos los otros homenajes palidecen. ¡Y pensar que si nos descuidamos, podríamos verla, nuevamente investida de nuestra representación, trotando esta vez  hacia el catafalco del líder (que consideradamente no se morirá antes del 2014, pero no aguantará mucho más).

Llegará el día en ella que tenga su monumento…¿Dónde la pondremos? ¿En qué pose la fundiremos en el bronce estatuario? ¿Será en la Plaza de la Constitución cerca de Allende o en la Plaza Bulnes junto con O’Higgins? ¿Qué lugar podrían merecerla? ¿Y en que actitud el escultor la eternizaría? ¿En la pose que tenía en el famoso tanque? ¿Abriendo los brazos como madre amorosa? ¿Con la banda como escuchando a la multitud?

¿Qué será de los enormes monumentos de Marx y Lenin repetidos por toda la ex Unión Soviética? ¿Los habrán guardado desarmados en previsión de un retorno o habrán sido reciclados y  se han visto convertidos  en tuercas y llaves de agua? ¿Les habrá ocurrido lo de las estatuas de Sadam Hussein, Mubarak  y Jadafi? ¿Sentirá el bronce la pérdida de la fama y el aprecio popular?

Me acuerdo de la llegada  a Chile de Eric Honecker, especie de homenaje de la izquierda chilena a un líder sobrepasado por el tiempo. No me preguntaron si yo quería que se le acogiera y me imagino que a Ud. tampoco. Es más, creo que a ninguno de los que intervinieron en su favor para que pasara su exilio aquí se les pasó por la mente siquiera que habíamos montones de chilenos que podríamos no estar de acuerdo. Lo cierto en que no me molestó especialmente, no protesté con algún acto violento e incluso me dio pena su abandono. Fue  porque no se me da desear el mal ajeno y menos aun ir a  apedrear a quienes por algún motivo no postulan mis ideas o me ofenden con sus actos. Pero tengo detrás varias generaciones de antecesores bien educados y éticamente estrictos.

El fusilamiento de Roberto Barceló en 1936 fue la culminación de un juicio que remeció a la elite de la sociedad chilena. Se acusó a Barceló de haber dado muerte a su esposa  Rebeca Larraín,  hija de  la  famosa escritora Inés Echeverría “Iris”. Iris  movió  cielo y  tierra para que se le condenara y muchos lo vieron morir ante el pelotón,  con la seguridad de que era inocente. Nunca se supo con certeza lo sucedido, pero ante claras presunciones, la justicia lo acusó, lo procesó y lo condenó, satisfaciendo la necesidad de revancha. Iris vivió más de veinte años todavía, siempre cultivando su odio.

¿Nos irá a ocurrir lo mismo?

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