¿Será bueno o será malo estar tan comunicados? ¿Estamos realmente comunicados o estamos simplemente conectados? Porque la comunicación no vale nada si por el canal no circula un mensaje inteligible: sería como estar al teléfono sin decir ni escuchar nada… Y tampoco vale mucho la comunicación si el mensaje no es claro, es equivocado o está falseado. Me podrían estar desinformando quizás con qué intenciones.
La lógica me inclina a pensar que es deseable y conveniente un nivel de comunicación que permita al ciudadano interesado hacer una comprensión cabal de su circunstancia y otorgue al desapercibido la oportunidad de llegar a saber qué es lo que pasa, aunque no sea de inmediato. A la vista está lo ocurrido en el terremoto, cuando no saber significó desmanes y pillaje que acentuaron la tragedia. Del sismo supimos todos de inmediato sin necesidad de comunicación alguna (en remezón fue un canal de comunicación clarísimo), pero de la autoridad no supimos casi nada durante un lapso prolongado e hizo falta. El problema reside en determinar acertadamente qué es lo que debería saberse de su parte en cada momento, en otras palabras, cuál debería ser el nivel de información pública conveniente, de manera de evitar el pánico, el aprovechamiento o las reacciones desproporcionadas. Ahí es donde entran a tallar, por una parte las autoridades públicas y políticas y por otra, los medios de comunicación. Lo malo es que ahí, también, es donde entran a taller los intereses que terminan por complicar el proceso.
Es lo que ha ocurrido en el asunto de la Araucanía , asunto en que la opinión pública no llega a tener la claridad debida en parte por cuestiones de estrategia y en parte por interferencia de los mencionados intereses. Eso sin contar con la dificultad de informar objetiva y simplemente un asunto complejo sin la debida perspectiva.
¿Qué pasaría en el mismo plano de la comunicación, si por desgracia entráramos en conflictos serios con alguno de nuestros vecinos? ¿Qué nos informaría el Gobierno, qué las facciones políticas y qué los medios? ¿Nos diría el primero que estamos llamando al Embajador para consultas? ¿Nos diría la oposición que se está procediendo torpemente en contra de los intereses patrios? ¿Nos revelarían los medios que estamos siendo invadidos militarmente y que se desarrollan combates?
Naturalmente el conflicto mapuche no es una guerra entre naciones—ya lo quisieran algunos—, pero tampoco es un suceso sin importancia y sin proyección. Y lo que no debe ser, de ninguna manera, es llegar a ser un problema respecto del cual se corra el riesgo de desarrollar una opinión pública desinformada, como ocurrió con los conflictos estudiantiles, que sacaron a las calles a decenas de miles de personas que no tenían claridad sobre el problema y a cientos de encapuchados que se aprovechaban de eso. Ese es el peligro que corre el gobierno al no informar bien, oportuna y claramente, cosa que no ha hecho y que todavía tiene tiempo de hacer. Y conste que la información no es el comentario de los hechos recientes, sino una relación explicada de los hechos presentes y pasados en una perspectiva que los chilenos podamos comprender para formar, si fuese posible, un juicio objetivo sobre el asunto.
Ningún político informa la realidad, la gente quiere que le “informen” cosas que si fueran reales, viviríamos en otro mundo. Y los políticos, que son tan “buena gente” le dan en el gusto a su “pueblo”. No faltaba más.
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