“No creo en los brujos, Garay, pero de haberlos, los hay” dice el proverbio popular. Por mi parte, no creo una serie de cosas que sin embargo se dan a cada rato. Por ejemplo, no creo que los Diputados y Senadores de la República sean unos corruptos, unos inútiles y unos aprovechados, pero que entre ellos hay corruptos, inútiles y aprovechadores, no tengo la menor duda que los hay. Con el mismo criterio, si bien no creo que las Universidades públicas o privadas tengan como objetivo oculto el lucro, no me cabe duda que en todas ellas hay personas que lucran desenfadamente por una u otra vía y tengo la sospecha que en algunas de esas casas de estudio efectivamente se triangulan los ingresos, se tienen sociedades espejo y sus propietarios lucran.
Lo cierto es que nadie—salvo ella—es perfecto está libre del pecado. Por eso no se puede andar por ahí tirando primeras piedras, escupiendo para arriba y organizando Comisiones Investigadoras para el aprovechamiento político. Si escarbamos, encontraremos que todos tienen alguna yaya y desde su Santidad para abajo, acumularemos faltas, pecados y delitos. Bien lo ha mostrado la historia reciente, desde Lavanderos—tan perseguidor de irregularidades que era—hasta Monseñor Precht—perseguidor insigne de violadores de derechos humanos—pasando por toda una colección de personajes puestos en evidencia por los medios o por la Justicia. Si esperamos un poco, como en otro proverbio conocido, sin duda veremos pasar a los que tienen pendiente su desenmascaramiento delante de la puerta de nuestras casas.
Como habitante temporal de pueblo chico, recuerdo de mi juventud a personajes de la sociedad colchagüina, que por un lado gozaban de fama de intachables y por otro, acumulaban todo tipo de pecados de público conocimiento. Los había de todos los pelajes y se movían en los medios más extremos, compartiendo esa doble imagen que, si las circunstancias lo ameritaban, salía a la luz oficialmente. Recuerdo a un terrateniente de apellido vinoso, que cuando pretendió llegar al Congreso fue boleado por las mil y una historias de faldas y negocios raros que sus opositores tenían dispuestas a la mano. Otro caso, en que dos hidalgos campesinos disputaban un cargo de designación, no faltaron los corresponsales que llevaron la noticia de sus faltas a la autoridad santiaguina, que prontamente retiró la oferta, pese a que ambos eran—como el Presidente que designaba—Radicales. Un tercer caso, de un prohombre profesional prestigioso, hasta yo sabía que era marica y llevaba una doble vida. Claro que eran unos tiempos en que los chilenos éramos menos de 6 millones y en la cúspide de la pirámide habría cuando más 20 mil, todos con domicilio conocido y debidamente prontuariados.
Hoy por hoy, con casi tres veces esa cifra en habitantes, las faltas y los pecados pasan colados y poco sabemos de la vida y negocios de las personas, salvo que con la mayor certeza, en sus historiales debe haber de todo. Por eso ahora es necesario investigar y por eso se arman contubernios, porque sacar los trapitos al sol rinde beneficios políticos y con las elecciones ad portas el 2013, cualquier trigo es limosna. En todo caso, así como en las orillas de los ríos las corrientes parecen seleccionar a las piedras por tamaño dejando al centro a los peñascos y arremansando las gravillas, en la sociedad nacional los embates de la política sin duda seleccionan a los intervinientes por tonelaje. Así en el Congreso, vemos a los pesos pesados en el centro de la corriente de los acontecimientos políticos y en la orillas del acontecer a los quiltros chicos tratando de resaltar. Porque, dígame, ¿No se ha fijado que en las comisiones investigadoras de la Cámara hay puros quiltros?
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