Tema de montones de novelas y películas, la posibilidad de viajar al pasado ha sido explorada por la física—la física cuántica especialmente—con resultados dispares. La experimentación ha avanzado hasta el extremo que pareciera que a nivel de las partículas, sería posible que un estímulo fuese detectado aún antes de haber sido generado siquiera, lo que equivaldría ir hacia atrás en el tiempo. En cualquier caso, por aquello de la paradoja del abuelo (ese que es asesinado por su nieto proveniente del futuro, nieto que al causar su muerte ya no puede ser y por tanto, no puede viajar en el tiempo para asesinarlo), los físicos piensan que si se llegara a viajar retrocediendo en el tiempo, no sería posible modificar los hechos ni cambiar el futuro, por lo menos dentro de un mismo universo. Podría ser más fácil modelar el pasado digitalmente y habitarlo de modo virtual, explorando futuros alternativos sin peligro de perderse en alguna dimensión desconocida.
En síntesis, un tema conceptualmente complicado que apasiona a la ciencia y que seguramente dará que hablar más adelante. En cualquier caso un problema que los chilenos hemos logrado solucionar sin mayores problemas con un simple museo y con una cohorte de nuevos profesores desde el nivel básico al superior. Un museo que como todo museo mira hacia atrás y unos profesores que como todos los maestros siembran ideas e inculcan actitudes. Pero un museo y unos profesores que cambian la historia y se concentran en reacondicionar el futuro para beneficio político de un sector de la sociedad y con los recursos del resto de los ciudadanos. Una cuestión que roza con la inmoralidad y que alcanza dimensiones históricas y sociológicas complicadas por aquello que no basta con que el barco avance, sino que conviene vaya hacia donde mejor conviene y no adonde una minoria ideologizada quiere.
Recuerdo la ilusión de muchos de mis compañeros de Universidad en los meses que siguieron a la caída de Batista y el triunfo de la Revolución Cubana en 1960 y tengo presente el belicoso entusiasmo de muchos conocidos en 1970 con el triunfo de Allende. Varios desaparecieron en la vorágine, pero los más maduraron asentando el seso. Unos pocos analizaron el futuro de la Unidad Popular y anticiparon sus resultados. Tuve la suerte de estar por esos días fuera de Chile en un curso de post grado y de escuchar en 1971 el vaticinio de uno de mis profesores—don Víctor Paz Estenssoro que fuera Presidente de Bolivia en cuatro oportunidades—sobre lo que pasaría en Chile. Acertó plenamente en lo económico y en lo político anticipando un golpe por el inevitable descalabro del proyecto de la izquierda, equivocándose solamente en la suposición de que un gobierno militar iba a ser breve y no determinante. Supuso, sin equivocarse, cuál sería la orientación económica por venir y cuáles las etapas que Chile seguiría. El análisis de don Víctor—profesor de Historia de la Economía —era muy simple. “Ud. tiene—decía—unas circunstancias, un contexto y unas tendencias naturales del ser humano. El contexto y las circunstancias podrán variar, pero la esencia del ser humano, que es tener cada vez más y cada vez con menor esfuerzo y costo, siempre será la misma. Por eso, las derechas se esfuerzan por tener contextos y circunstancias claras y las izquierdas por cambiar al hombre. Y cambiar a un hombre que tiene 250.000 años a sus espaldas es imposible.”
Tal vez debiéramos esforzarnos más por anticipar el futuro en esa lógica de tendencia que por revisar hacia atrás y tratar de cambiar las verdades históricas. Parece más lógico, sobre todo porque sobre el porvenir tenemos una ingerencia potencial de la que carecemos al acomodar la historia. Más que un museo de la memoria—que nos retrata en nuestra medianía intelectual y creativa—deberíamos tener el pabellón de todos los futuros posibles.
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