miércoles, 25 de julio de 2012

BENEFICIOS PRIVADOS, MALES PÚBLICOS:

BENEFICIOS PRIVADOS, MALES PÚBLICOS:  
 
Me llega un chiste por la red: “ Soy libre…Puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red de telefonía que me time; el informador que me desinforme y la opción política que me desilusione…Insisto, soy libre”…Y un diálogo entre dos personajes: “Yo te guardo las gallinas para que no te las roben…Mientras tanto todos los huevos que pongan son míos y a lo máximo te regalaré uno…Ah, eso sí, tu tienes que traer el maíz para alimentarlas—dice uno y el otro pregunta--¿Y cómo se llama eso?...Se llama Banco”… Y uno más: “Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan”…

Son comentarios entre amargos y divertidos que ilustran la circunstancia a que alude el título. No puedo menos que sonreírme con ellos, mientras todo se estremece a mi alrededor porque al otro lado de la calle un enorme martinete hidráulico hinca gruesos pilotes para fundar en la ribera inestable de un estero un enorme edificio de 15 pisos, que no puedo explicarme cómo pudo ser autorizado en un terreno minúsculo como ese. Un volumen desmesurado y bastante feo, con algo de pirámide Maya por la necesidad de los recortes a que lo obligan  las rasantes. Unas rasantes que dizque la normativa protegen al  entorno de su cono de sombra pero que, a la vista de hasta donde llega la  de la máquina que entierra los pilotes,  tapará el sol para siempre a  una docena de las casas de lo que ha sido un barrio encantador. Un edificio con poco menos de sesenta departamentos, que hará que la tranquila calle donde aún dormitan los perros y juegan los chiquillos, se transforme en un estacionamiento permanente y concurrido. Otros dos espantosos edificios cercanos ya les han arruinado la vida a una cincuentena de propietarios que comienzan a vender sus casas a precio vil, dejando un   espacio que luego se llenará con otros edificios similares.

¿Y los arquitectos, me dirá Ud., que son tan entendidos en las relaciones y la armonía del crecimiento urbano, no dicen nada? No, no dicen nada  porque son mercenarios en una guerra sorda, no declarada oficialmente, que se libra entre los agentes inmobiliarios y sus financistas en contra de los ciudadanos libres a que alude el chiste. Guerra que se desarrolla al amparo de una legislación mal pensada que se acomoda a los intereses de un puñado de aventureros del dinero y perjudica los derechos adquiridos y el patrimonio de los habitantes de  los sectores amagados por el negocio  inmobiliario.

En este mismo momento una comisión de expertos nombrada por el Presidente Piñera e integrada por una variopinta colección de “entendidos”, está abocada a definir los lineamientos de una nueva Política Nacional de Desarrollo Urbano. Nada mejor que una nueva política urbana que nos proteja a los simples ciudadanos de esta forma encubierta de expropiación de beneficio privado que es la indiscriminada proliferación de enormes edificios en barrios de vivienda consolidados que desarrollamos en nombre del progreso, la concentración  urbana que reduzca el número y  tiempo de viajes y el mejor uso del suelo aumentando la densidad. Lo creería si no pensara—como en el Gatopardo—que si queremos que todo siga igual, debemos hacer parecer que todo cambia.

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