Un ciudadano de larga melena y cola de caballo—sin duda impresionado por el terrible desenlace del caso de la niña Gelfenstein—postulaba en la fila del supermercado que en este país la donación de órganos debería ser una obligación constitucional y no una decisión personal. Abundó en consideraciones sobre las ventajas que habría tenido para Trinidad poder elegir oportunamente entre órganos de varios donantes y no tener que esperar una muerte eventual para conseguirlos en dudoso estado, dijo. Argumentó que se podría haber operado a tiempo, que no habría sido necesario tomar los órganos de un accidentado y le faltó poco para hablar de la necesidad de voluntarios. Relacionó el asunto con el tema de los derechos humanos, con los males del capitalismo y con el problema de las centrales térmicas, haciendo un hábil entrecruzamiento de argumentos y aprovechando la pasividad de los colistas y concluyó su argumentación opinando sobre cómo serían las cosas con un gobierno del pueblo. Tuve la tentación de explicarle lo que podría llegar a ocurrir de ser así (en ambas eventualidades), pero un poco por el fatalismo de haber vivido mucho y otro poco por la sabiduría de haber vivido mucho, me quedé callado. Cuando pagué, el ciudadano mencionado ya había conseguido el acuerdo de un par de jóvenes premunidos de packs de cerveza que lo escuchaban impresionados y de una señora madurona de pelo teñido y muchos anillos, seguramente disconforme con su vida.
Me fui con mis paquetes reflexionando sobre la forma en que se construyen las percepciones y se estructuran las opiniones y lo sencillo que resulta impresionar a los demás con un discurso bien hablado y aparentemente lógico, sobre todo si no hay contradictores serios y si la argumentación se articula en un hecho impactante. Como ocurrió con la Ley Antidiscriminación , tantos años dormida en el Congreso, gatillada de improviso por el impacto del caso Zamudio. Y lo peor, pensaba, es que la mayor parte de las percepciones que construyen opinión ni siquiera son resultado de un conocimiento objetivo, de una información verdadera o de un razonamiento lógico. Las más de las veces, están fundadas en la emoción. No sería nada de raro que nuestros beneméritos representantes propusieran la idea del hombre de la cola y así como se nos inscribe automáticamente en los registros electorales, terminásemos de donantes involuntarios.
Manipular con las emociones es una actividad universal que practicamos todos con mayor o menor éxito. Me manipula esa alumna que me cuenta de sus desgracias y privaciones económicas sosteniendo en la mano un Ifone y me manipula mi gato que se restriega contra mis pantalones esperando su desayuno. Nos manipulan los políticos, los vendedores, nuestras parejas y nuestros hijos, que aprenden rápidamente como jugar con nuestros sentimientos. Sobrevivimos porque aprendemos y sabemos de qué se trata, pero en la medida en que la vida nos confunde, caemos en engaños extremos que nos parecen increíbles.
Y no se trata sólo del cuento del tío en que caen asesoras del hogar y jovencitos de buena familia desapercibidos, sino de engaños históricos que incluso han llevado a personas incompetentes a desempeñar roles decisivos. Mire Ud. en las Instituciones Públicas, en el Congreso, en las Comunas y hasta en La Moneda.
Lo malo es que nos quedamos callados y dejamos pasar, como yo en el supermercado. Y por dejar pasar, nos endilgan mentiras y nos cambian la historia.
El muchacho de la cola de caballo era algo disperso, algo comunacho; algo “progre”; algo “anarco”; y algo, pero solo algo inteligente, pero muy poco. Todo eso se le quitaría en un instante si el corazón o los pulmones elegidos fueran los suyos.
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