Después de mucho pensar en el problema de la popularidad de Piñera y de considerar detenidamente cuál es el fondo del malestar ciudadano con el Parlamento, la política y la Justicia , he llegado a una conclusión sorprendente: en el fondo los chilenos somos monárquicos y nos gustaría tener un Rey que reinara, pero sin gobernar, sin contaminarse con la contingencia. Un Rey que promulgara las leyes justas que todos esperamos, sin tener que sufrir vergüenza con la discusión enturbiada de intereses y plagada de martingalas y acuerdos espurios entre los partidos; un Rey que dictara una Justicia salomónica, ajena a trampas y tinterilladas, rápida, efectiva, castigadora y transparente. Un Rey, en fin, que fuera nuestro dueño simbólico, protegiéndonos de todo mal.
Con Ricardo Lagos casi tuvimos Rey, por lo menos dada su postura estatuaria de tribuno maduro poseedor de la verdad, dado su discurso autoritario de regulador de la moral, por su carácter dominante, por su genio ciertamente irascible como conviene a todo monarca y por su tono definitivo. Lo malo fue que Lagos insistió en gobernar personalmente, cosa imperdonable que complicó terriblemente las cosas y terminó por minar la veneración popular que todos esperábamos otorgarle.
Con la Bachelet , sin embargo, lo conseguimos plenamente: tuvimos una Reina. Ella reinó plenamente sin gobernar ni un solo día—eso lo hicieron sus ministros y los partidos de la Concertación —comportándose como una madre acogedora, buena y generosa, tierna y amable, discreta y medida—aún en su trotecito hacia Fidel—aunque diera un poco la sensación de estar levemente ausente o distraída como se la vio la madrugada del 27 F . Tal vez nos habría gustado un reinado más largo, de manera de verla transformarse en una abuelita encantadora.
Con Piñera la cosa cambió del cielo a la tierra, no sólo porque evidentemente el caballero no tiene hechuras, postura ni aire familiar de Rey (basta con mirar al Negro), sino porque en vez de mantenerse en las alturas de su dignidad y aparecer sólo de vez en cuando, como corresponde a cualquier monarca que se precie, ha insistido porfiadamente en meterse en todo, en mostrarse a cada momento, en hablar a cada rato y, en fin, en hacer las cosas que cualquier mortal de origen plebeyo haría.
Pero todavía más, tal vez sin proponérselo pero sin poderlo evitar porque está en su naturaleza, Piñera ha cometido el pecado supremo: no ha advertido que a los chilenos no nos gusta tener dueño y él, por su calidad de empresario exitoso y hábil, es por esencia, poseedor.
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