domingo, 20 de mayo de 2012

NO ES LA POPULARIDAD, ESTÚPIDO:

El problema de fondo, aquel en contra del cual hay que enfocar la inteligencia, ese en virtud del cual hay que tener muy a la vista  los tiempos y los ritmos, no es la popularidad del gobierno sino los designios de largo plazo de la izquierda, la estructura que pretende se construya  en este país para facilitarle perpetuarse en el poder una vez que lo recupere. La baja popularidad de Piñera es sólo un síntoma colateral de la cuestión. El gobierno podría ser popular sin por eso reducir el problema.  Incluso—como dice tan y tan repetidamente Hermógenes Pérez de Arce—la Alianza podría tratar de bajar la presión social para recuperar su imagen y seguir, al mismo tiempo, coadyuvando al designio izquierdista que es, de hecho, lo que está haciendo.

La democracia es un medio para las izquierdas, de ninguna manera un fin. Lo que pretenden es utilizar el libre juego democrático para conseguir su objetivo capital. Este es, que el Estado sea cada vez más influyente, cada vez más controlador, ojalá accionista principal de cualquier iniciativa, porque en esa situación, el control político que pueden desarrollar, incluso siendo minoría, sería inmenso, imparable, definitivo y seguramente final. Final en sentido figurado es claro, porque cuando a las izquierdas se les acaba el dinero de los demás—como decía Margaret Tatcher—pierden el poder. Pero eso se daría luego de la ruina y pasados  muchos años.

Los dirigentes estudiantiles, de extrema izquierda e intensamente politizados, han demostrado fehacientemente el punto. Rápidamente pasaron de las reivindicaciones  que verdaderamente podían beneficiar a sus representados a planteamientos fuertemente ideologizados orientados en la dirección comentada: educación pública, salud pública, eliminación del lucro, fuerte aumento de los tributos a las empresas y quintiles superiores de las personas, nacionalizaciones, chilenizaciones, negociación colectiva, mayores controles y regulaciones…Elija usted. Todas propuestas que aunque algo trasnochadas,  apuntan al logro del control que he comentado.

Los partidos de la Concertación, por su parte, han aportado su cuota golpeando el pandero, con el doble propósito de perjudicar aún más la imagen del Gobierno y en el caso de los partidos más extremos,  llevar agua a su molino. En eso, la Democracia Cristiana ha comenzado a tener problemas de conciencia y de doctrina, pero no lo suficientemente fuertes. Además, está fuertemente infiltrada por políticos extremos y por tontos de capirote.

Y el tiempo juega a favor de los extremos, porque es claro que cuatro años no alcanzan—como se está viendo—para marcar un derrotero, para consolidar una obra, para reorientar un rumbo. Lagos lo vio lúcidamente en el momento de la reforma de la extensión del período presidencial. Supuso que en 1965 iba a ganar la derecha—no se imaginó el fenómeno Bachelet—y pensó que una presidencia corta le impediría hacer obra. Se equivocó entonces, porque ganó la candidata oficialista que se perjudicó con un gobierno corto. Sin embargo ahora acierta y Piñera tampoco va a alcanzar a consolidar su visión en beneficio del país. Sí va a ayudar a consolidar lo que le conviene a la izquierda.

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