Evidentemente hay ciertos discursos que son más importantes para quienes los pronuncian, que para quienes los escuchan. En la premiada película cuyo nombre he apropiado en este blog, Jorge VI, tímido y tartamudo, logra superar con éxito el trance de hablar por radio sin tartamudear en su condición de Rey recientemente coronado y conquista el respeto de su pueblo que lo escucha más preocupado de la forma que del contenido. Y conquista, también, su propia autoestima.
El discurso presidencial del día 21 de mayo recién pasado tuvo cierta semejanza con el discurso del Rey. Aunque su contenido era trascendente, importó más su forma que contrastó en el tono y el alcance con los discursos de años anteriores. No fue el mensaje de un político avasallador, sino el informe medido y tranquilo de un administrador responsable. ¡Toda una novedad! Y así como a Jorge VI le debe haber costado enormemente hablar con tranquilidad y aplomo, al Presidente le tiene que haber sido difícil mostrarse humilde y medido.
Va ser muy interesante observar cuál va a ser el alcance del discurso del Rey. Descolocó a los medios y a los contrarios al Gobierno y sospecho, también, a buena parte de sus partidarios. Dichos alcances se notaron incluso durante la lectura del mensaje en la timidez conque los opositores levantaron sus carteles de protesta, en la preocupación que mostraron las caras de dos o tres de los próceres concertacionitas en el momento de no aplaudir e incluso en el disimulo conque un par de imprudentes manipularon sus celulares. Esos efectos se multiplicaron luego de terminada la sesión del Congreso Pleno en los comentarios de los entendidos, en los artículos en la prensa y en las conversaciones de los ciudadanos.
Está por verse, pero así como la popularidad de Bachelet, súbita e inexplicada, se dio por una conjunción de circunstancias más o menos fortuitas que rompieron en 2008 una tendencia desfavorable revirtiéndola, en el caso de Piñera podrían influir esta serie de imponderables de difícil detalle para cambiar su imagen en 2012, sino espectacularmente, por lo menos deteniendo la rodada.
Un elemento notable del discurso fue su petición de perdón, su disculpa por los errores cometidos, que repitió al principio y el final del mensaje. Rompió con ello todos los esquemas y dejó sin piso a una serie de detractores que la veían fácil. Pedir perdón no es nada de sencillo. Pocos lo han hecho, pocas veces lo hemos visto y debe haber sido muy complicado para un hombre como el Presidente. Su actitud lo honra y no hay motivos para pensar que no sea una petición sincera. Otro Rey tuvo que pedir perdón hace poco y fue evidente que estaba haciendo un esfuerzo supremo.
Tal vez la ex Presidenta tenga pendiente pedir perdón, no tanto por las equivocaciones de la madrugada del terremoto, que podrían entenderse como resultados del desconcierto reinante, cuanto por la indecisiones que generaron los episodios de pillaje y desorden que lo siguieron, que sólo pueden entenderse como resultado de una pulsión personal. Veremos qué pasa con eso. Y ojalá que se resista a la idea, porque si pide disculpas, nadie le gana.
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