“¿Donaría 3 pesos a la Fundación Esperanza ?”me preguntó la cajera del supermercado espetándome una mirada calculadora. Iba a contestar que sí los donaba, agregando sarcásticamente que con la esperanza de que llegaran alguna vez a esa Fundación, cuando la señora que estaba más atrás en la fila me interpeló diciéndome que no los donara, porque de seguro dos de esos tres pesos se iban a enredar en los gastos de administración que el supermercado hacía para manejar los dineros recaudados. La cajera levantó una ceja, como consultando si yo tenía la personalidad suficiente como para reclamar esos tres pesos siguiendo el consejo de la eventual asesora. Su expresión levemente burlona revolvió las borras de mi personalidad tan venida a menos, de manera que valientemente le reclamé los tres pesos. Ella, con la parsimonia de una sacerdotisa oriental, hurgó en la registradora sacando una minúscula bolsita de plástico donde, además de un tornillo, un par de tuercas y unos clips, había algunos ejemplares plateados de nuestro signo monetario. Y como si le asqueara tocarlos, agitó la bolsita hasta que uno a uno tres pesos cayeron sobre la cinta transportadora negra del mesón. “Ahí están sus tres pesos”, me dijo dejando caer la boleta y desentendiéndose de mí.
Sintiéndome considerablemente satisfecho de mi valentía tomé mis paquetes e iba a salir, cuando un caballero que había asistido al entredicho me preguntó amablemente “¿Se ha puesto a pensar que nuestro signo monetario ya no es ese peso que en todo su derecho acaba de reclamar; que ni siquiera es la moneda de 5 pesos que apenas se ve, sino la de moneda de a diez y eso por poco tiempo?” Me miró con socarronería y agregó otra pregunta “¿Y ha pensado que si es así, su sueldo es un décimo de lo que Ud. cree y el dólar sólo está a 50 pesos?”. Confieso que me ví superado por el nivel de abstracción de su planteamiento y tuve que ponerme a sacar cuentas con los dedos.
Mientras me subía a mi automóvil pude observar que el señor de la observación y la señora del consejo se retiraban con sus bolsas de compras tomados de la mano, caminando juntos y conversando animadamente. Entonces me di cuenta que me había topado accidentalmente con un par de terroristas intelectuales, porque doy de seguro que ambos se dedican a desestabilizar a las demás personas con sus observaciones inquietantes.
Me acuerdo, de cuando era muchacho, que los viejos pesos fuertes de cobre, con O’Higgins en una cara y la corona de laureles en la otra, fueron reemplazados por otros de alguna aleación blanquecina, tal vez del mismo material de los pesos reclamados en el supermercado. Eran livianitos hasta el extremo que puestos con cuidado en el agua flotaban por la capilaridad. También se volaban si a uno se le caía alguno en día de viento. Pero por lo menos eran del mismo tamaño y diseño que los anteriores. Claro que no duraron mucho, porque muy luego fueron reemplazados por los escudos, de triste memoria. Sacando la cuenta a valor presente a través de algunos datos de su valor adquisitivo obtenidos de los avisos de viejos periódicos , me he dado cuenta que cada uno de esos viejos pesos de cobre equivaldría a casi cincuenta de los actuales, tan despreciados por la cajera de mi supermercado.
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