“El problema no son la ideas—me decía mi jardinero mientras hablábamos de política en una pausa de la cortada de pasto—el problema son las caras”. Profunda verdad, enorme su lucidez, un concepto válido en todo el espectro político nacional. ¿A quién no le resultan repulsivos los diputados A, B y C y quién no detesta a los Senadores D, E y F? ¿Quién soporta a los Ministros G, H, I, J y K? ¿ Y a los subsecretarios entre a L a O y los Alcaldes y consejales entre la P y la S ? ¿Y a los Intendentes, Directores de Repartición, Jueces, Curas y Militares hasta la Y ? Y así en secreto cuénteme ¿Aguanta a Z siquiera por un momento? Mi jardinero tiene razón: el problema político está en las caras.
La explicación del atractivo de la belleza viene de ahí. Las personas bellas aluden al ideal que impide odiar a alguien por sus rasgos y la atracción que conduce al amor—por inexplicable que este sea—equivale a una epifanía a nivel de las percepciones. Yo miro a los políticos del espectro y me pregunto haciendo muy pocas excepciones en el caso de las damas y me pregunto ¿Puede amarlos alguien?
Lo anterior no quiere decir que las ideas políticas actuales sean buenas, pero posiblemente podrían ser mejoradas aunque sea en el margen. La verdad es que a cualesquiera con dos dedos de frente se le puede explicar que la economía de un país es como la personal y que no se puede gastar más de lo que se gana visitando La Polar ; lo mismo se le puede demostrar de qué manera funciona la mano invisible del mercado y cómo se enreda la situación cuando uno se mete en el delicado mecanismo; y tampoco es difícil entender la interconexión entre las cosas, que explica cómo funciona el comercio internacional. Lo que pasa es que las caras no nos explican las ideas de base, sino que procuran hacernos comulgar con ellas mediante el voto. Es un sistema que aún con la malísima educación de que gozamos, comienza a no resultar.
Mi propuesta, en consecuencia, es promover el cambio de las caras. Creo que el sistema de “sólo una vez” podría funcionar para todos, con la sola excepción de los parlamentarios y el Presidente, que podrían repetirse el plato en períodos sucesivos pero sólo una vez y después, para su casa. Pero los ministros y funcionarios y Alcaldes y Consejales como los militares cuando salen a retiro—y como los cisnes de cuello negro de terciopelo del poema de Winter—no vuelven más.
Se daría tiraje a la chimenea del Estado, muchos más podrían pasar a gozar de sueldos premium y dietas de fantasía y capaz que en el proceso de prueba y error, encontrásemos un Mesías verdadero que nos sacara del subdesarrollo y sus vecindades de unas vez por todas. Porque le aseguro que de la A a la Z , lo menos que se ve entre las caras es un conductor preclaro y lúcido, incluida ella.
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