George Orwell, a quien he citado tantas veces, inventó el concepto del Ministerio de la Verdad en su novela de anticipación 1984. No olvidemos que en ella describía una sociedad futura—el escribía en 1948—en la que el mundo estaba dividido en sólo tres potencias que guerreaban permanentemente entre ellas haciendo alianzas variables: primero Eurasia aliada con Estasia en contra de Ocenanía, luego Eurasia y Oceanía aliadas en contra de Estasia y así en adelante. El objetivo de la guerra permanente era por una parte mantener la actividad económica de cada potencia en marcha y por otro, controlar y regular a su población civil. En vista de que las alianzas se modificaban de cuando en cuando, el Ministerio de la Verdad era el encargado de cambiar la historia pasada para ajustarla a las nuevas circunstancias. Por ello, miles de funcionarios modificaban los textos de estudio, cambiaban los diarios de los archivos, reescribían los libros y documentos depositados en las bibliotecas, de manera de ajustar la verdad histórica a los hechos presentes. Del mismo modo procedían en materia de política interna eliminando de los archivos, de las fotografías, de los documentos y de todo vestigio documental a los personajes que caían en desgracia política. Como se comprenderá, era un trabajo monumental y sostenido que hacía de la verdad una entelequia. En consecuencia, los ciudadanos tenían el deber de reajustar sus pasados, modificar sus historias personales, y reacomodar sus vivencias y sus recuerdos.
He traído a colación a 1984, porque en cierto modo, en este país hemos tenido y tenemos un Ministerio de la Verdad. Incluso ahora ese ministerio tiene un edificio muy hermoso e interesante arquitectónicamente hablando, inaugurado pocos días antes del comienzo del actual gobierno, emplazado en Av. Matucana con Catedral. Es un Ministerio que no tiene funcionarios sino Curador y está dividido en salas dedicadas al tema de los derechos humanos, al tema del 11 se septiembre de 1973, a la dictadura, a la represión, a la tortura, al dolor, a la justicia y a la verdad.
Curiosamente no tiene ninguna sala dedicada a los hechos previos, a los antecedentes del golpe de 1973, nada de la historia política y social chilena de los años anteriores al momento del quiebre. No hay allí ninguna explicación del proceso que condujo al golpe, ninguna mención a los sentimientos de la mayoría nacional, ninguna precisión respecto a las opiniones políticas de los opositores y partidarios de la Unidad Popular. Se trata de una muestra que cambia la historia y la reescribe: un Ministerio de la Verdad. Orwell habría sonreído recorriendo sus recintos, satisfecho de haber anticipado el futuro.
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