Jorge Luis Borges escribió sobre el arrepentimiento, ese que remuerde la conciencia. En un soneto extraordinario llamado El Remordimiento dijo: “He cometido el peor de los pecados/que un hombre puede cometer. No he sido/ feliz. Que los glaciares del olvido/me arrastren y me pierdan, despiadados.” Su poesía viene al caso, porque el remordimiento impide la felicidad y quien no es feliz, no vive realmente.
Quiero decir con esto, que entiendo al Ministro Vocero en su manifestación de arrepentimiento, porque evidentemente necesitaba de una confesión para ser feliz. Es más, la apoyo aunque no la apruebe. Supongo que debe haberla meditado durante mucho tiempo y que tiempo ha se la debe haber comunicado a su confesor recibiendo la debida penitencia. En todo caso, parece que eso no fue suficiente. Ojalá que ahora que lo ha manifestado en público, su espíritu se vea en adelante liberado de la aflicción y su sinceridad no le acarree mayores problemas que los que ha tenido por la indefinición de la línea de su vocería.
Estamos frente a un fenómeno sociológico novedoso y bastante generalizado: el arrepentimiento como conducta política. Se arrepintió de su cacería de elefantes el Rey de España pidiendo disculpas; se arrepintió de sus errores el Presidente Piñera pidiendo perdón en el mensaje del 21 de Mayo; pide perdón el Comandante de la Fuerza Aérea por el accidente de Juan Fernández; se arrepintió Agrosuper por los olores de sus cerdos en Freirina y ahora, se arrepiente el Vocero. Por otra parte Fidel Castro cree que Obama debería disculparse con Chile por promover el golpe de 1973 y Ollanta Humala dice que Chile le debería pedir perdón al Perú por haberle ganado una guerra. Y todo indica que se nos viene encima un ciclo de arrepentimientos y que políticos y hombres públicos se van a pelear los micrófonos y las cámaras arrepintiéndose.
Lo curioso es que aquellos a los que uno quisiera ver arrepentidos, todavía no se manifiestan y no dan señas de disculparse: ni los termocéfalos de la Unidad Popular que llevaron a este país al despeñadero entre 1970 y 1973; ni los que prepararon el terreno a la Kerensky entre 1964 y 1970; ni los que nos llevaron a la crisis económica de 1982; ni los que se repartieron el Erario Nacional en el caso Mop-Gate, ni los que se equivocaron criminalmente con el Transantiago y tampoco los que semanalmente destruyen los bienes privados y públicos en nombre de la democracia, la igualdad, el no al lucro y el odio parido. Tampoco ella, a lo que parece, se ha arrepentido ni pedido perdón, no digo de lo sucedido la madrugada del terremoto, sino por lo que no se hizo a tiempo después.
Entiendo que cuando el sujeto de una acción que importa delito se arrepiente, de todas maneras se le juzga y se le condena, porque la pena aplicada substituye por insuficiente a la disculpa. Se le castiga y la sociedad se siente liberada. El que por el contrario puede liberarse por arrepentimiento, podría ser perdonado si su pecado es venial. Ninguno de los dos casos es aplicable aquí, porque a la vista del odio que se percibió el domingo, parece que no quedara más camino que la venganza, que es un peligroso cuchillo de dos filos.
Se “arrepintieron”: El ministro, por las encuestas. El Rey, porque lo pillaron con una cabeza de elefante y la amante alemana al lado. El presidente, también por las encuestas. El comandante de la Fach, para que no lo den de baja. Y así sucesivamente. Se arrepienten en el lugar justo y en el momento justo, en que el “arrepentimiento” paga más que el no arrepentirse. Todos estos deberían arrepentirse de sus falsos arrepentimientos.
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