Los meteorólogos coinciden en que más allá de unas horas, no se puede predecir el clima con suficiente precisión. Las variables intervinientes, aseguran, son tantas y tan variadas, que la ecuación resultante ciertamente es inmanejable, por lo menos con las actuales herramientas. Menos aún, se puede pensar en crear o controlar el clima, porque la escala de los fenómenos que lo determinan es planetaria y excede cualquier tecnología humana. Pese a eso, los chilenos hemos comenzado a crear los climas y a manipularlos más o menos a voluntad, aprovechando algunos recursos que la cultura nacional suministra en abundancia.
Me refiero, naturalmente, a ciertos climas particulares como el clima de opinión y el clima político, que no por ser locales, son menos complejos que el clima meteorológico. Algunos analistas y operadores verdaderamente geniales han descubierto el modo de aprovechar los recursos culturales aludidos para conseguir unas reacciones determinadas. Y como ocurriera en las campañas de propaganda previas al plebiscito de 1988 que decidió la vuelta a la democracia, los más ingeniosos creativos han sido persistentemente los representantes de las izquierdas, que con sus ocurrencias e ingenio hicieron ganar al no, en tanto los creativos de las derechas, fracasaron entonces y han fracasado después, siempre en toda la línea. Parece haber en eso un sino fatal de falta de ingenio, que nuestro Presidente prueba día a día equivocándose una y otra vez.
¿Que cuáles son esos recursos culturales aprovechables para crear un clima de opinión o un clima político que las izquierdas usan con tanta habilidad, se preguntará Ud.? Por lo menos dos: la tendencia nacional a seguir la corriente y la inclinación intelectual que, a falta de ideas propias, lleva a las personas a repetir cualquier idea ajena que parezca estar bien establecida. Un ejemplo de lo primero se dio en los saqueos que se produjeron por la falta de control luego del 27 F (gentileza de quien Ud. sabe), cuando muchos ciudadanos asaltaron los comercios sin una verdadera justificación, llevados por la turba. Una muestra de lo segundo se advierte en la rápida difusión de una serie de consignas, que van desde la idea de la letra chica, pasando por los conflictos de intereses de los políticos de gobierno, para llegar a la declinación del modelo neoliberal y a la noción del lucro como una cuestión negativa, primero en la gestión de la educación, y seguramente después, en la empresa, en las finanzas y todo lo demás.
Y uno ve a ciudadanos que no llegan a entender lo que leen en la etiqueta de un envase de leche en polvo, opinando doctamente sobre la batería de temas con los que se ha creado el clima político y social artificioso en el que vivimos. Es la vieja demagogia transformada en saber por las bocas de ganso.
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