Los griegos nos legaron, con la leyenda del caballo de Troya, una tremenda metáfora. Una metáfora que encuentra aplicación una y otra vez, cada vez que en algún contexto se filtra disimuladamente una noción, una tendencia, o una actitud que pueda colonizar dominando desde adentro a un organismo, a una sociedad o a una nación. Especialmente en el campo de las costumbres, las ideas y las creencias, vemos una y otra vez como la penetración inadvertida y a veces subliminal de contenidos disimulados, termina por transformar y reorientar las conductas. Se han mencionado diversos procedimientos disfrazados que consiguen el efecto, desde las imágenes intercaladas en libros y películas orientadas a la percepción subliminal, al uso de intermediadores emocionales que articulan con los contenidos de fondo que se quieren instalar. El proceso se comprueba a cada paso en el campo del marketing, en el tema del ambientalismo, en el ámbito de las creencias religiosas y también, como es lógico suponer, en la esfera de la política. Las imágenes conceptuales que mencionaba en mi último blog—la idea de la letra chica, el agotamiento del modelo, la explotación empresarial, etc.—y la dedicación de 30 minutos a crímenes y asaltos en los noticiarios de la televisión, son caballos de Troya buscando ciertos efectos.
En Chile tenemos instalado en medio de la sociedad un tremendo caballo de Troya lleno de guerreros perfectamente armados. Un caballo estacionado en medio del conjunto social, alimentado por la institucionalidad vigente y totalmente ajeno a cualquier forma de control. Un caballo de Troya que fue construido hace muchos años, en tiempos de la vieja democracia que murió el 73 y que tras un interregno breve en el que se le sacó para afuera, volvió a ser instalado en el centro social durante la vigencia del mismísimo gobierno militar. Fue la acción de los ocupantes de ese caballo la que explica la mayor parte de los fenómenos políticos ocurridos en los últimos 25 o más años. Fueron sus guerreros los que prepararon a los pingüinos del año 2006 y los que adoctrinaron a los estudiantes revolucionados el 2011.
El caballo de Troya a que me refiero está instalado en cada colegio y en cada Universidad, como puede comprobar cualquiera que se preocupe de saber qué contenidos son entregados a sus hijos. Desde los docentes que abiertamente hacen clases de marxismo—lo he visto con mis propios ojos—hasta los que más disimuladamente sesgan, informan torcidamente, adoctrinan intencionadamente haciendo proselitismo y se aprovechan del descuido, de la inocencia y la ingenuidad de estudiantes y apoderados responsables. Y conste que lo que me molesta es el sesgo, el oportunismo y la intención manifiesta de influir en un sentido determinado, porque atenta contra la libertad de conciencia. Y también me molesta que todo se haga con nuestro dinero, al amparo de nuestras instituciones y a costa de nuestra libertad política.
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