¿Se ha detenido a pensar que en el Paraíso bíblico todo era gratis? ¿Que Adán y Eva no sólo no tenían que laborar ni sufrir dolor, sino que no tenían que pagar por nada de lo que los rodeaba y pudiesen querer? Claro que por pecar perdieron todo eso y fueron castigados con el trabajo y los dolores de parto pero, por sobre todo, tuvieron que comenzar a pagar por lo que querían y necesitaban, de una u otra manera. Y sus descendientes, que heredamos sus pecados y castigos, no nos hemos podido conformar.
En nuestra economía moderna, completamente monetarizada, resulta difícil concebir otra forma de pago que no sea mediante dinero, pero lo cierto es que pagamos de muchas maneras diferentes. En todo existe un balance de gastos y costos y nada resulta ser realmente gratuito. Lo sabemos bien en estos días en que comenzamos a pagar por los daños ambientales causados al medio por la explotación y uso indiscriminado de los recursos. Hemos gastado sobre el futuro—que equivale a gozar de un crédito por cancelar con cargo a nuestros hijos y nietos—y de repente, nos hemos encontrado con que tenemos que comenzar a pagar anticipadamente.
Pero atávicamente, la ilusión del paraíso subyace en nosotros y de cuando en cuando cobra fuerza en el inconciente colectivo. Una de sus materializaciones es la ficción del Estado de Bienestar, que tiene financieramente tan embromados a los europeos; otra es la ilusión de la vivienda social gratuita; otra más, la de la salud gratuita; una más, la de la educación gratuita. Y hay muchas ilusiones más que, racionalmente, no se puede pensar seriamente puedan estar libres de costo y en cualquier caso alguien—las más de las veces nosotros mismos—tiene que pagar.
Siempre alguien paga y no siempre con dinero. Es el precio de pecar. Paga el que pierde oportunidades por haber desperdiciado su tiempo; paga el que se vende sin cuidado ni prudencia; paga incluso el que no debe y el que no ha pecado. Todos pagamos y nos gustaría no tener que pagar y mucho menos trabajar. Por eso el hurto, por eso el robo, por eso la elusión, por eso el fraude.
Y la ilusión de la gratuidad ha vuelto para establecerse entre nosotros luego de un interregno de más de veinte años, que tal vez fue una herencia del gobierno militar, en que aprendimos que había que pagar. Impulsar el sentimiento de que las cosas deberían ser gratuitas es una de las estrategias más potentes de la izquierda. Seduce a la gente y destruye el sistema económico que quieren derribar.
En cualquier caso, es una oferta tentadora. Y no es ilógico que así sea, ya que las izquierdas siempre ofrecen retornarnos al paraíso, como bien los saben los cubanos.
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