martes, 21 de febrero de 2012

PALABRAS DE MODA

Como en el vestir y en la decoración, en el léxico las modas van y vienen. Cada momento tiene su lenguaje y cada circunstancia sus expresiones particulares en el habla. Como los políticos, las palabras tienen su tiempo: aparecen de a poco, en oportunidades alcanzan el éxito de manera que las utilizamos todos y más lenta o más rápidamente, desaparecen reemplazadas por otras palabras nuevas. Recuerdo  los montones de términos con que, por ejemplo,  se ha denominado a la borrachera o el cortejo amoroso en Chile (los relaciono por su efectos), cada uno con su época, casi todos olvidados.  Basta con mirar (escuchar) un poco alrededor para ver (oir) cómo va cambiando la lengua. ¡Cómo que está viva!

Comparar a las palabras que se ponen de moda con los políticos que tienen su hora no fue ocioso. Así como los políticos son peligrosos en la medida en que confunden sus ideales con las conveniencias sociales, las palabras—especialmente algunas palabras—confunden y generan confusiones y a veces, incluso, efectos inconvenientes. Lo acabamos de ver en los movimientos estudiantiles del año pasado con el alcance, significado y connotación que se dio a la palabra “lucro” y lo venimos experimentando desde hace décadas con palabras como “democracia”, “derechos”, “participación”, “igualdad”, por mencionar sólo algunas.

El peso de las palabras y sus significados resulta importante en sociedades que como la nuestra, como resultado de la importación de tecnologías, bienes y costumbres, parecen haberse saltado alguna etapa necesaria en la maduración del colectivo social. En ese sentido, no nos podemos comparar así no más con sociedades como las del norte de Europa o de América, que no solamente han tenido otro tipo de evolución cultural y han desarrollado otra concepción de la moral, sino que confieren otros significados a los términos mencionados.

Pienso, especialmente, en la palabra “empoderamiento”, tan de moda, tan utilizada en los medios, tan  en la boca de los políticos como su propia lengua, palabra que en su lugar de origen—“empowerment” en la cultura sajona—tiene  un alcance social relacionado con el logro de mejoras como resultado de un esfuerzo personal o colectivo que cumple con una serie de condiciones que involucran esfuerzo, tenacidad, determinación, lucidez, en fin, trabajo. Nosotros  hemos traducido el término inglés por obra de algún becario literal con un nuevo sentido, olvidando que en el idioma español ya existía el verbo empoderar como variante poco utilizada de “apoderar”.

Curiosamente, nuestra comunidades y las personas en ella,  no se empoderan tanto como se apoderan—no vamos a decir que los saqueadores del 27 F o los ocupantes de los caminos de la Araucanía o  Aysen se empoderaron—cuestión de la que podría derivarse todo un análisis sociológico. Mi teoría va en la siguiente dirección: somos una sociedad en la que empoderarse es complicado porque exige esfuerzo, en tanto apoderarse es bastante simple  porque suele tener costo cero. Basta con ver la orientación del delito, desde el hurto al escamoteo, pasando por el asalto, el cogoteo, el robo con escalamiento, el alunizaje con retiro mediante cable de acero de gavetas de cajeros automáticos y el robo a bancos y transportes de dinero.

El problema es que al hablar de “empoderamiento” se crea una sensación: la sensación de que empoderándonos ganamos mucho con poco esfuerzo. Es una percepción que si resulta  mala entre personas civilizadas,   entre indios es fatal. No olvidemos que todavía tenemos la práctica del malón y la acometida en patota que tanto temían los conquistadores, a flor de piel.

¿Cómo se llega al empoderamiento, entendido a la chilena? Se llega porque el que tiene el mandato de ejercer el poder  no lo cumple cabalmente. ¿Quién no cumplió? Por un lado la Bachelet, simpática pero inepta, algo así como esas tías a las que se quiere pero nos se les hace mucho caso y por otro Piñera, siempre tratando de caer bien y haciendo toda clase de desvíos en su camino para conseguirlo.

Un pueblo empoderado de esta mala manera necesita, para volver al orden natural, no digamos de represión, que funciona por corto tiempo, sino de conducción imaginativa e innovadora. Y dígame Ud. ¿De adónde sacamos un conductor con esas condiciones, visto lo que hay?

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