Es increíble lo que el celular y en general, la tecnología y los mejores medios han hecho con la personalidad de los chilenos. Nos ha transformado de ciudadanos medidos y privados en lenguaraces públicos completamente desinhibidos y en exhibicionistas hedonistas. Lo primero se veía venir ya cuando uno iba de visita a casa ajena y se encontraba con chiquillos ineducados que interrumpía a sus mayores sin consideración ni respeto ninguno; lo segundo se comenzó a ver hace unos años, cuando los flaites comenzaron a pasearse con radios a pila enormes cargadas en el hombro, sonando a todo volumen.
Ha sido realmente con el advenimiento de la tecnología móvil, que la antigua moderación en el hablar ha cambiado tan radicalmente. Niñitas y niñitos, jovencitos y jovencitas y una buena proporción de los adultos no vacilan y no dudan en responder sus celulares ventilando sus asuntos así estén en la calle, en un medio de movilización público, en el cine, en un velorio o en una boda.
Y ha sido con el acceso popular al automóvil, que las trancas psicológicas de connotación social, sexual, física y cromática propias de la hibridación indígeno/hispana han podido liberarse por fin. Si eso será bueno culturalmente hablando, está por verse pero, en el intertanto, nos encontramos con manifestaciones bizarras e interesantes.
En mis años de juventud como funcionario municipal conocí a un esforzado ciudadano que ostentaba el sonoro título de “oficial”, que lo ponía frente a un mesón de atención al público y lo diferenciaba apenas del “auxiliar”, que llevaba papeles y cuidaba la puerta. Nadie más humilde, más servicial, más cuidadoso de las formas, más esclavo del deber y menos perceptible. Lo volví a ver ayer, más de cuarenta años más tarde, mientras bajaba con cierta dificultad su pequeña humanidad ataviada con una camisa floreada y unos shorts tropicales, de la camioneta más grande y ostentosa que he conocido, hablando al aire, con un aparato con una luz azul encajado en la oreja derecha y otro que parecía un tablet en la mano. Me miró, hizo un gesto de reconocimiento, soltó un “hola fulano” perdonador tuteándome por primera vez y se desentendió. No pude menos que pensar que el progreso y el cambio social que lo sigue, se nos vienen encima como la ola de un tsunami.
Es un cambio potente, propio de los tiempos, global, creciente, cuyas consecuencias no comprendemos ni podemos adivinar porque son como el futuro, pura probabilidad.
Ahora que lo recuerdas, nunca he visto una ocurrencia más extraña que la de los ahora llamados flaites, pero que en aquella época tendrían otro nombre, de salir con una radio gigantesca al hombro, y con la música “a todo chancho”. Estoy seguro que si su madre lo mandaba a comprar el pan, le diría que estaba cansado, que era mucho el calor para arrastrar la bolsa dos cuadras. Pero para acarrear la radio toda la tarde no había problemas. Algunos llevaban radios que median casi un metro de largo.
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