Recuerdo de niño, que tras la muerte de un tío muy querido, mi madre procuró evitar olvidarlo hablando del muerto cada vez que podía, enmarcando su fotografía y visitando regularmente su tumba. Durante unos meses consiguió que la imagen de su hermano estuviese presente, pero luego, con el tiempo, la memoria se fue desgastando como la figura en el retrato, que comenzó a velarse amarilleando suavemente. Yo fui el primero en olvidar, tal vez porque tenía pocos años. En ella el recuerdo fue más persistente porque se enredaba con muchas vivencias, pero un día, cuando advirtió que había dejado pasar un aniversario, rompió a llorar como con rabia por haber olvidado.
Hemos estado asistiendo a una lucha similar, que los protagonistas del drama del golpe de Estado, han venido dando contra el olvido. Películas, libros, teleseries, ensayos literarios, artículos periodísticos, asociaciones de afectados de una u otra manera por el proceso, en fin, una variedad de manifestaciones tratando de sostener la memoria. Una memoria que, al fin y al cabo, es capital político e incluso oportunidad de negocios atractivos y rentables. Una memoria trágica que para muchos—horror de horrores—es la única manera de encontrarle sentido a las cosas.
Sin embargo, los viudos de la Unidad Popular , los protagonistas verdaderos o fingidos de los hechos, los herederos del odio y el resentimiento, los sobrevivientes trágicos de esos momento de locura, los oportunistas del recuerdo, están tomando conciencia de que la memoria se les escapa entre los dedos, que el significado de aquellos sucesos se extravía entre las vivencias de las generaciones que nacieron mucho después de aquellos años y que el pasado inevitablemente se rinde ante el futuro. Mi padre, aficionado a la historia y cultor de muchas memorias, me decía que hasta entrados los años veinte del siglo pasado pesaban los hechos de la revolución de 1891, pero que después, tal vez porque los testigos del conflicto estaban muriendo y la crisis de 1929 llenaba el panorama, todo se olvidó.
¿Cuánto tiempo permanecen los hechos terribles en la memoria colectiva? ¿Cuánto pesan pasado el tiempo? ¿Veinticinco años? ¿Treinta y cinco? ¿Alguien se acuerda del terremoto de 1985? ¿Tiene sentido para alguien nacido después de esa fecha?
De manera muy Orwelliana nos encontramos conque se intentan variadas estrategias para evitar el olvido e incluso, para reescribir la historia. No se si es por convicción, por oportunismo político o por negocio. De todas maneras es poco lo que las viejas noticias pueden hacer frente a las noticias nuevas. Los norcoreanos, que viven un poco en esa lógica de no olvidar, se han quedado literalmente atrás, sin tener claridad de para donde van. Es la fatalidad de los que se niegan al futuro.
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