Un ejemplo cercano y todavía en vías de investigación es la revelación de la existencia de cientos—posiblemente miles—de falsos exonerados a los que el Estado ha estado pagando pensiones por la certificación de sus antecedentes falsos por políticos de dudosa moralidad deseosos de asegurar alguna elección; otro mundo que tiene pendiente una investigación adecuada es la existencia de cientos—posiblemente miles—de ciudadanos recibiendo beneficios indebidos—becas, licencias, sueldos, jubilaciones, indemnizaciones, en fin, dinero del Estado y por lo tanto suyo y mío—otorgados mañosa o torcidamente y percibidos regularmente por años. Recuerdo una empleada doméstica que sirvió en mi casa por el año 2000, que se vanagloriaba de recibir junto con su marido cuantiosos recursos municipales y estatales por una situación de extrema pobreza que no tenía, por el montepío extinguido de su madre ya fallecida, por una beca para su hijo que había iniciado estudios en una universidad y trabajaba sin asistir, por beca para su hija en un colegio especial en circunstancias que estaba buena y sana, por unos cursos de modas para la organización de una PYME cuyos dineros se repartía con las socias y la profesora y varias cosas más que no recuerdo. Su orgullo era ser tan “lista” como para engañar al sistema y sacarle tanto provecho. Cuando se fue de mi servicio por ser sorprendida robando dinero, me echó en cara desafiante que lo había estado haciendo por años sin que nadie lo advirtiera. Denunciada a la Fiscalía, el caso se archivó por falta de evidencias, tal como ella me lo aseguró. "Usted no podría probar nada y si pudiera--me dijo--mi diputado (hoy Senador), me sacaría"...
Que tenemos un problema de cultura, no cabe la menor duda. Nuestro ADN moral no es como el de los norteamericanos puritanos que van quedando (tan ingenuos ellos), que tienen el hábito de contenerse y regularse en el ámbito de la moral positiva del protestantismo, heredada de los peregrinos desde el Myflower para adelante. Una postura moral que se está corrompiendo aceleradamente, es cierto, pero con la ayuda eficaz de los inmigrantes latinos.
Estábamos con mi esposa, muy de mañana mirando los miles de palomas de la Plaza San Marcos en Venecia, cuando vimos a unos muchachones y unas jovencitas tratando de patearlas mientras se reían, evidentemente bebidos. “Deben ser chilenos” le dije en broma. Tuve la humorada de acercarme a ellos para preguntarles en inglés de dónde eran, seguro que me contestarían en alguna lengua desconocida. ¡Me respondieron en perfecto chileno diciendo que eran de Talca!
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