Una alusión hecha en clases al cuento infantil de la princesa que percibía la presencia de una arveja a través de múltiples colchones, de manera que no la dejaba dormir, no fue entendida por casi ninguno de mis alumnos universitarios, porque no conocían la historia. Sorprendido, desarrollé una breve investigación más o menos informal que me permitió comprobar que pocos conocían bien los cuentos de hadas que me eran familiares desde niño: ni el Príncipe Feliz, ni Pulgarcito, ni el Gigante Egoísta (pensaron que me refería a Piñera), ni el Flautista de Hamelin, ni Hanzel y Gretel. De Caperucita Roja tenían una idea algo sesgada relacionada con las tendencias del lobo y de Blanca Nieves recordaban que vivían con una bruja y unos enanos, pero no mucho más. Para qué decir de la Bella Durmiente y El Soldadito de Plomo.
¿Habrán pasado de moda los cuentos infantiles? ¿Se acabaría la magia de lo imposible y el encanto de los sueños? ¿O será que esos jóvenes no tuvieron quién les contara cuentos de hadas? ¿Familias incompletas? ¿Escépticos? ¿Sus padres tampoco conocían las historias? A mi los contaron mis padres, que no pretendieron que creyera los milagros ni los prodigios de las historias, porque ponían el énfasis en los valores y enseñanzas que esos cuentos dejaban en evidencia.
Pocos días más tarde tuve oportunidad de escuchar a otros estudiantes formular preguntas y comentarios al final de un foro-panel y me di cuenta que si no sabían casi nada de cuentos de hadas, en cambio dominaban con maestría otro tipo de historias: la falta de equidad en la educación debida al lucro, la explotación del capitalismo a la clase trabajadora, la manipulación de la banca a los deudores, el abuso de los empresarios a los empleados, los males de la globalización a la economía, los perjuicios del mercado a la democracia, la contaminación irresponsable de la Industria , la inundación de la Patagonia por Endesa, todas causas esenciales de la lucha; el enemigo es el Gobierno; los ricos son los culpables. Gran vocabulario, argumentación estructurada y buen uso de slogans y consignas.
Mi primera conclusión fue de lo más simplista: si bien nadie les había relatado las historias fantásticas que podrían haber conmovido su imaginación cuando niños y fundamentado valores, si había habido quiénes les contaron otras historias, no precisamente de hadas, con el objetivo de instrumentalizarlos políticamente. Mi segunda conclusión un poco más elaborada fue que, dada la uniformidad de conceptos exhibida y el vocabulario similar utilizado, posiblemente se les hubiesen enseñado tales ideas de manera sistemática. La tercera, extremadamente aguda, fue que siendo personas provenientes de diferentes estratos, lugares y colegios, lo más probable es que las hubiesen aprendido en la misma Universidad.
En cualquier caso el lenguaje, la actitud y el trasfondo me hicieron evocar claramente momentos equivalentes del proceso político de la década de los años sesenta, cuando yo egresaba de la Universidad. Me recordó muy claramente, también, en que paró ese proceso, sobre todo, porque me vino a la memoria la interpelación que un alumno de Medicina de aquellos años, de apellido Enríquez, hiciera en un acto universitario al entonces Rector, a poco del nacimiento del MIR.
No hay comentarios:
Publicar un comentario