Me imagino que Jaime Guzmán debe haber concebido la posibilidad de lograr que Chile llegase a ser una sociedad plena y feliz, donde las diferencias e injusticias hubiesen sido corregidas y las oportunidades igualadas dentro de lo posible. Creo que era una buena persona, de manera que pienso que su proyecto social debe haberse orientado en esa dirección y no en una que acarreara mayores males. Creo, incluso, que pudo haber habido algo de santidad en su visión, posiblemente resultado de su intensa Fe en Dios y su profunda religiosidad. No puedo odiarlo por eso, pese a no ser creyente y ser esencialmente escéptico, de manera que me cuesta pensar que haya quienes lo odiaron hasta el extremo de asesinarlo y ahora lo execren hasta el extremo de funar un acto en su memoria. Por un respeto mínimo a la humanidad (esa que tiene derechos que se reclaman en los tribunales cada día) no lo habría hecho.
Sin embargo entiendo medianamente a los que lo odian y puedo aceptar que niñas bien criadas pero tontas anden mostrando el trasero por razones políticas, porque el mundo en que vivimos tiene algo insano que impulsa a la rebeldía y a la inconformidad. Al fin Jaime Guzman representa al sistema económico instaurado por el Gobierno Militar, desarrollado por la Concertación y hasta el momento sostenido por el Gobierno de Derecha. Lo decía hace un tiempo, comparando nuestro sistema económico social con la Matrix del famoso film de hace unos años. Esa matrix que a cambio de una ilusión de vida explotaba las fuerzas vitales de los cuerpos de personas que vivían sólo un sueño.
Al fin y al cabo los movimientos estudiantiles, las funas, la marchas y la disconformidad general son contra el sistema que como la matrix está organizado para llevarse las esencias y dejarnos poco más que las ilusiones y artefactos caros de comprar y que ya están superados por lo que son motivos de frustraciones. La reacción social es contra el abuso sistemático como elemento consustancial al sistema: desde las farmacias coludidas, a la colusión de los pollos, pasando por la colusión de los Supermercados y las librerías, Isapres, bencineras, ferias libres y cuanto hay. La reacción es contra la política, contra el parlamento, contra la justicia, contra la policía, contra la iglesia, contra todo lo que ha fallado en cumplir expectativas que teníamos derecho a tener.
Por eso vivimos un clima de disconformidad que, por lo demás, es consustancial al género humano y seguramente, constituirá un factor del progreso y el cambio. La cuestión es que cuánta disconformidad será necesario acumular para generar un cambio y cómo se la podrá medir para que el proceso sea verdaderamente democrático. El peligro estriba en que la disconformidad sea instrumentalizada políticamente por los expertos en instrumentalizarlo todo, porque de ser así, todo seguirá igual.
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