miércoles, 11 de enero de 2012

MAL TALANTE E IRRITABILIDAD

La Universidad en que trabajo tiene una red de calles interiores pavimentadas por las que los vehículos circulan con ciertas restricciones de velocidad gracias a lomos de toros bien espaciados y posee, también, una red paralela de senderos y vías peatonales por las que los estudiantes se movilizan entre sus clases. Siempre ha habido cierta tendencia de los peatones a moverse por las calles vehiculares, en parte por acortar camino y en parte, porque cuando llueve drenan mucho mejor que los senderos, sin que hasta hace poco, se generaran conflictos. Sin embargo, desde los paros estudiantiles, el caminar por la calles estorbando a los vehículos se ha transformado en una práctica que tiene mucho de desafío y bastante de rebeldía. No es que  los estudiantes quieran compartir el espacio vial con los automóviles, sino que lo ocupan con pachorra, molestándose si alguien osa tocar una bocina o hace señales con las luces.

En cierto modo, el asunto es un reflejo de los tiempos que corren: hay una furia y un resentimiento acumulados esperando aflorar con cualquier excusa. Es lo que hace que las disputas entre automovilistas, entre bebedores y entre cónyuges estén a la orden del día y lleguen, muchas veces, a tener consecuencias fatales. Como muestra, el otro día dos de mis vecinos más reposados se trenzaron a golpes porque la fiesta de uno incomodaba el sueño del otro, faltando poco para que la cosa se transformase en batalla campal entre el bando de los fiesteros y los durmientes.

Desde el punto de vista sociológico, me decía un entendido, se combinan en el fenómeno del mal talante y la irritabilidad  factores circunstanciales y elementos culturales. Son circunstanciales ciertas percepciones que van tomando fuerza en nuestra sociedad, alimentadas por las redes sociales y por el tratamiento que fundamentalmente la televisión da a las noticias policiales; son culturales, las disposiciones atávicas propias de la concepción romana del derecho y las creencias religiosas católicas y apostólicas, a que “alguien” es “causa”,  “pecador” o “responsable en los hechos”. En el primer aspecto nos sentimos explotados, abusados y denigrados, cuando no discriminados y despreciados por una clase social o política que se aprovecha—organización del Estado mediante—para robarnos, despojarnos y rebajarnos permanentemente. En el segundo sentimos que quienes tenían nuestra confianza—representantes populares, funcionarios, jueces y sacerdotes—nos han traicionado, abusando de nuestra confianza y nuestros niños o prevaricando gravemente.

Las sociedades más evolucionadas—curiosamente lejanas a la influencia latina y judeo cristiana—han sabido enfrentar el problema con educación y disciplina social. Franceses, ingleses, alemanes, holandeses, belgas, estadounidenses, canadienses, en fin, han sido capaces de usar sus modales como un aceite balsámico que evita el conflicto. Dan la gracias por todo, siempre aceptan cargar con el muerto (dicen “no me he explicado bien” en vez de “Ud. no me ha entendido”), piensan en el bien común y tienen conciencia de habitar en un colectivo, incluso cuando como los gringos, viven lejos unos de otros.

La migración campo-ciudad—singularmente influyente en el tamaño, nivel social y umbral cultural de nuestra sociedad en los últimos cincuenta o sesenta años—ha sido determinante en la generación del talante y la irritabilidad nacionales. La simple y muy directa fórmula rural de la resolución de los conflictos a cuchilladas se vino a la urbe, para felicidad de los noticieros de TV y desgracia de las policías, parece que para quedarse. Y si los procesos educativos son tan lentos como manifiestan los expertos, tenemos por lo menos treinta años de indignación y violencia por delante, antes de aprender a vivir bien en sociedad. ¿Y se le ocurre quiénes van a sacar dividendos de eso?

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