Tuve la oportunidad de conocer a Allende, que era bajito; al General tuve ocasión de verlo de muy cerca y no era muy alto que digamos; asistí al matrimonio de Alwyn y debo reconocer que sí era más alto (casi del porte de mi papá a quien yo consideraba altísimo); con Frei Ruiz Tagle (tenía unos primos Frei Bolivar en mi calle) pude comprobar lo chico que era; a Lagos, que lo conozco de vista (dicen que fue mi compañero de colegio, pero no lo recuerdo), es bastante bajo; la señora Bachelet (también la conocí de niña) es más bajita que Piñera, que es harto decir. Conclusión, el único que se salva es don Patricio. ¿Será que los chilenos somos chicos? ¿Qué los políticos son chicos? ¿Qué los candidatos son chicos? ¿Será una maldición nacional?
No se, pero aunque chicos todos nuestros mandatarios presentes y pasados tienen la pretensión secreta de llegar a ser estatuas. Allende, por lo menos, lo decía abiertamente. ¿Se imagina una estatua de la presidenta? ¿Debería representársela arriba de la tanqueta? ¿Y a don Sebastián, en su helicóptero o con los bracitos abiertos acogedoramente? A Frei Ruiz Tagle no habría necesidad de hacerle estatua porque el papá ya tiene una y mucha gente cree que son la misma persona. ¿A don Ricardo, habría que representarlo con toga y con el dedo acusador aquel en ristre?
El problema de la baja estatura se arregla cuando se es estatua. La ventaja de las estatuas reside en que como la historia, pueden falsear la verdad sin que se note mucho. No es necesario representar a un presidente chico de su porte verdadero, ya que se puede tomar la licencia de agrandarlo un poco. Total, el bronce lo aguanta todo. El problema va a ser dónde ponerlos, porque a poco andar, la Plaza de la Constitución se sobrepoblará de estatuas presidenciales. Y Ud. sabe que cuando hay mucha oferta, el valor baja…
Y si no es cualquier cosa ubicar la estatua de un procer—mire como han movido a O’Higgins—más complicado todavía es elegir el lugar para la efigie de un Presidente. Mire Ud., además del respeto indispensable—no se las puede colocar en cualquier parte—está de por medio el problema de la equidad, ya que no podríamos colocar el monumento de un Presidente en un estupendo lugar y el de otro, en un rincón ahí nomás. Además, está de por medio el problema de la seguridad: con el precio del bronce, habría que tener cuidado conque no se las robaran para fundirlas, sin contar conque no se las podría colocar en los parques Forestal o Gran Bretaña, porque como Sarmiento, podrían terminar en el río Mapocho.
Se trata de un problema serio que los políticos de las diferentes tiendas y los urbanistas debieran tener presente. Con tanto presidente vivo todavía no corremos peligro, pero ¿quién sabe qué puede ocurrir?
Jagarcia, salvo por el general, y como diría doña Florinda, te estas juntando con la chusma.
ResponderEliminarPienso que todos tarde o temprano sacarán estatua, menos el único que se la merece, en todo caso será al único que no lo cague una paloma, los demás se lo tienen ganado ( no la estatua, si no que la paloma).
En cuanto al tamaño de los presidentes, el físico es menor al tamaño de su ego, sobre todo dos, el Luis XIV chileno y el payaso sonriente.