Es curioso como con el paso de los años han ido cambiando los íconos de la desconfianza nacional. Desde que yo era niño hemos pasado de desconfiar de personajes pobres pobremente vestidos a desconfiar de personas ricas perfectamente bien trajeadas: desde el hombre del saco a los empresarios exitosos, no es poco el cambio. Sin embargo en el fondo, el fundamento de la desconfianza sigue siendo el mismo: dudamos de las intenciones de los demás, pensamos que los otros nos quieren engañar para sacar algún provecho a costa nuestra, en fin, desconfiamos.
Lo que sí ha cambiado mucho es el objeto de la desconfianza: antes los ricos desconfiaban de los pobres y los pobres de los ricos, casi como un problema de clases. Estaba muy presente en ello el mundo de la ruralidad, el modelo del fundo, el derecho a pernada y tantas otras cosas más; ahora la desconfianza es más bien urbana, campea en las ciudades y es mucho más democrática que la de antes, porque un poco antibíblicamente desconfiamos los unos de los otros, de todos los demás, como si el engaño potencial fuese la norma.
¿En dónde se origina tan enorme desconfianza? ¿Cuándo se inicia? Indudablemente es atávica y se remonta a nuestros ancestros europeos e indoamericanos por igual, cosa que se podría explicar sociológicamente. Modernamente, sin embargo, se origina en el hecho que somos constantemente defraudados por las personas en las que tenemos que confiar y por las instituciones que han sido diseñadas para asegurarnos determinados resultados que en la práctica, no se dan.
Casi todo en el mundo real está organizado en base a la confianza, mejor dicho, en base a la buena fe. No podría ser de otra manera, porque no habría personal, sistemas de control ni financiamiento suficiente en el mundo para asegurar el control de todo lo que se tendría que controlar. Entonces tenemos la necesidad de confiar y de hecho lo hacemos en un montón de situaciones. Confiamos en que los servicios de utilidad nos entregarán agua, luz y gas sin cortarse, en que el metro nos transportará sin inmovilizarse dentro de un túnel, que el médico nos curará sin equivocar el tratamiento, que la justicia nos compensará sin hacer girar alguna puerta, que los políticos nos representarán sin esquilmar el erario, que los sacerdotes nos mostrarán en camino de la salvación sin amenazar a nuestro hijos y nada de eso en realidad ocurre.
En fenómeno explica, en un extremo el fenómeno Bachelet (cómo no confiar en ella, tan amorosa) y de otra el fenómeno Piñera (cómo confiar en él, tan rico). Entremedio los Karadima, las multitiendas, los Bancos, los partidos políticos.
Va a tener que crearse un nuevo paradigma para recuperar las confianzas y no me doy cuenta bien de cómo puede ser el mecanismo para conformarlo, si bien intuyo que será de tipo evolutivo, esto es, sin diseño. Por lo pronto ya se de seguro que cada vez que haya una marcha estudiantil, aparecerán encapuchados destructores; que cada vez que haya un apagón, habrá saqueos; que cada vez que haya una desgracia del alcance nacional, aparecerá un ministro heroico. Es algo para comenzar…
La desconfianza se origina en la informalidad de la gente. La falta de palabra genera incertidumbre.
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