jueves, 8 de diciembre de 2011

DELITOS Y OTRAS COSAS PERMANENTES MÁS

Para eliminar de raíz  el delito, el crimen y reducir drásticamente desde  las infracciones en el tránsito al maltrato intrafamiliar propongo, inspirándome nuevamente  en papá Alwyn, la creación de la figura del delito  permanente. Según mi propuesta, desde el asesinato a pasarse una luz roja, desde robar una gallina a defraudar a los clientes de una multitienda, cualquier delito debiera adquirir la condición de culpa eterna, de manera que los hechores puedan ser perseguidos en todo tiempo y lugar, para siempre. Digamos de una vez adiós a las prescripciones y demos por bienvenida la acción de una justicia permanente que, con los jueces celosos y duchos en  aplicar castigos ejemplares  que tenemos,  acorralaremos  a los asesinos e infractores persiguiéndolos hasta el fin de los tiempos. Así, nadie querrá delinquir y tendremos una sociedad ejemplar.

Del mismo modo, con la finalidad de allegar fondos para las obras sociales, la eliminación de la pobreza y el logro de la igualdad más universal, propongo crear un nuevo tributo que se agregue a los vigentes: el impuesto permanente y progresivo a la inteligencia. Que los que sean más inteligentes paguen un tributo especial del que se librarán los que sean  tontos. Se podría determinar quiénes deben pagar por un examen de CI o bien por la PSU, dado que no hay nadie en Chile que no llegue a la Educación Superior. La idea se fundamenta en que  con su inteligencia, los listos pueden llegar a ganar mucho más que los tontos. El único problema que le veo a la idea es cómo distinguir en el caso de los parlamentarios, que ganan mucho y no son inteligentes, pero creo que es cuestión de pensarlo un poco.

Quiero decir que tengo varias otras ideas que pueden dar pábulo a cambios tan trascendentes en nuestra sociedad como una reforma tributaria. Menciono al pasar la idea del fomento de la belleza, que puede tener como contrapartida la penalización de la fealdad. La primera se podría implementar por la vía de un programa de cirugía estética solidaria, financiado con cargo a un impuesto al lifting, la liposucción,  los implantes mamarios, las rinoplastías, los arreglos de párpados o blefarosplastía, el levantamiento de los glúteos, el perfilamiento de los muslos, etc., etc., de famosos y políticos. Como se multiplican y envejecen consistentemente, el flujo de recursos estaría asegurado. La penalización de la fealdad, por otra parte, podría ser hecha efectiva a través de una sobre tasa en la tarjeta BIP, aprovechando que los feos solemos  andar preferentemente en micro.

Creo que  la búsqueda de ideas imaginativas como las propuestas, podría ser un estimulante de la creatividad nacional  tan decaída últimamente.

martes, 6 de diciembre de 2011

EXHUMACIONES PERMANENTES

El concepto de “permanente” inaugurado por Alwyn en materia de secuestros, está cobrando fuerza propia y comienza a filtrarse a todas las esferas del acontecer nacional. Los estudiantes ya hablan de movilizaciones permanentes, la ANEF ha mencionado el concepto de estar siempre en pie de guerra, los deudores habitacionales lo practican, los políticos abusan de la paciencia nacional todo el tiempo y los tontos de siempre mantienen su tontera de modo sostenido. Ahora, parece, hemos comenzado con las exhumaciones permanentes: primero Frei padre, luego Allende, seguidamente el niño Anfruns y ahora Pablo Neruda…¿Quién seguirá en esta actividad desenterratoria que altera la paz de los muertos? No parece que vaya a haber necesidad de exhumar a Portales (ya se hizo sin querer), ni a O´Higgins (se le ha exhumado bastante), pero nos quedan sin desenterrar un montón de Presidentes, varios héroes, muchos hombres públicos destacados, premios nacionales, artistas, literatos y millones de ciudadanos más en cantidad de cementerios.

¿Hemos caído en la moda de las exhumaciones?¿Es una actividad política y socialmente provechosa? ¿Alguien está haciendo ganancia de imagen con el asunto?

No sería mejor, me pregunto, que nos dedicáramos a   desenterrar permanentemente cosas verdaderamente importantes  que han quedado ocultas por los más obscuros intereses, con el objetivo de hacerles verdaderas autopsias? Me refiero, por ejemplo,  al  asunto de los miles de cartas enviadas con fondos públicos en el Congreso por cierto Senador. O al escándalo de los sobresueldos que llenó tantas faltriqueras. O al asunto de las torpezas de Ud. sabe quien en el momento del terremoto. O al contrato de parientes en las entidades públicas o privadas. O los concursos truchos para llenar cargos. O los procesos dudosos en materias financieras y de derechos humanos. Claro que algunos han sido objeto de pesquisa e incluso de procesos, pero ¿le cabe a Ud. alguna duda sobre que en ningún caso se llegó al fondo? ¿Cómo les iría a los responsables si una vez a la semana se desenterraran sus pecados? ¿No sería un correctivo a la mala memoria nacional?

Es cierto que el Gobierno ha comenzado a  practicar algunos desentierros, como en el caso de los falsos ex exonerados beneficiarios de asignaciones del Estado por la acción solidaria de políticos de segunda, pero lo ha hecho tímidamente. Le quedan decenas de casos por desenterrar que si no se perician, van a ser como detenidos desaparecidos arrojados al mar en un ámbito donde no habrá jueces dedicados a procesar. La memoria es frágil, pero por ahí se mencionan montones de negocios raros en las carreteras concesionadas, manipulaciones dudosas en la provisión de suministros médicos, hábiles triangulaciones en materia de publicidad del Estado, participaciones dolosas de hombres públicos en  negociaciones de enorme valor. Y piense que bastaría con establecer el concepto de “escándalo permanente”, para que cualquier prescripción quedara en nada.

Se que no es fácil decidirse a desenterrar las cosas raras, sobre todo cuando la maraña de las relaciones familiares y personales contiene los anhelos de transparencia, pero pudiera ser sano y más que sano, prudente, evitar que la acumulación de mugre debajo de las alfombras entorpeciera el fluido caminar del cuerpo social.

domingo, 4 de diciembre de 2011

DESEQUILIBRIOS Y TORCIMIENTOS SENSIBLES:

La realidad nacional está llena de desequilibrios. Casi todo está torcido por eso. Las circunstancias y las personas están desenfocadas, deformadas y dañadas.  Las opiniones se sesgan, las relaciones se enturbian y el odio, que es la resultante de los desequilibrios y los torcimientos, se enseñorea en el ambiente.

(Confieso aquí,  que odio a ciertos personajes: a tres o cuatro senadores, a una docena de diputados, a los presidentes de casi todos los partidos, a cincuenta políticos, a cuatro o cinco integrantes estables  de foros y paneles, tres o cuatro opinólogos, un par  de animadores de canales de televisión y a casi todos los de Tolerancia Cero. Quisiera no verlos ni escucharlos más . De hecho lo hago cuanto puedo y cuando aparecen en pantalla cambio de canal, si los oigo en la radio corto el programa, me salto la mención en los diarios y hasta evito pensar en ellos, aún a riesgo de quedar desinformado.)

Comento un par de esos desequilibrios…

Hay un desequilibrio histórico esencial difícil de remediar entre la izquierda y el gobierno militar. Estrictamente los militares le hicieron un favor enorme a las izquierdas y se auto infligieron un daño terrible al intervenir como lo hicieron: derrocaron al gobierno de Allende antes de que se hubiese completado  su programa y antes de que las consecuencias de sus políticas extremas hubiesen llevado las cosas a un punto de no retorno—las cosas habrían podido ser muchísimo peor de lo que fueron, si no, veamos Cuba—echándose encima la tarea de arreglar el entuerto a la vez que la de controlar la reacción de los perdedores. El resultado, como en todo proceso en que el tiempo juega y la perspectiva no es suficientemente larga para poner las cosas en su sitio, se generó un desequilibrio en las percepciones que ha tenido expresión en los sentimientos nacionales, siempre superficiales e inestables : nos hemos olvidado de las privaciones y sufrimientos que experimentamos por los abusos de los primeros y tenemos muy presentes las violaciones a los derechos humanos  de los segundos. Entremedio, nos olvidamos de los beneficios y ventajas del cambio desde el estatismo al modelo de mercado, hasta el extremo que muchos postulan volver a esas prácticas  largamente superadas por la historia.  Y eso tiene expresión a nivel de la orientación de la política, el juicio que se hace de la economía, la justicia de la justicia y las proyecciones del futuro.

Otro ejemplo de desequilibrio:  a nivel de los canales de televisión, algunas radioemisoras, montones de diarios y varias revistas, que se supone deben informar y comentar objetivamente, sobre todo cuando tienen financiamiento o propiedad pública (no me refiero a los medios comprometidos) se aprecia un abierto sesgo hacia una u otra  de las posturas, sin que medie alguna declaración sobre la tendencia del medio. Los rostros conocidos encubren las intenciones y las apariencias disfrazan las tendencias, de manera que solapadamente se venden las pomadas.  Desde los titulares al desarrollo de las noticias se puede percibir el sesgo interesado. El extremo está en un par de programas políticos de fin de semana en que los moderadores (este es un eufemismo) se sientan al medio entre los representantes de la Concertación y la Alianza, cuando deberían sentarse hacia la izquierda. No en vano son esposas y hermanas de destacados políticos de esa facción.

En realidad, no nos deberíamos quejar, porque la realidad es siempre desequilibrada: hay muchos más pobres que ricos, en materia de haberes y espíritus; hay muchos más feos que lindos, de alma y de cuerpo y hay muchos más tontos que listos. Y los buenos no abundan tanto como los malos. Al fin, es lo que hay…

viernes, 2 de diciembre de 2011

MALES DEMOCRÁTICOS:

Hace años hubo una película  muy prescindible pero reveladora:  la trama se situaba   en una isla oriental remota, habitada por una comunidad muy primitiva, económica,  social y políticamente hablando. Eran unas pobres gentes organizadas en  castas rígidas, dominadas por una elite opresora, que se salvaba sólo por el paisaje idílico,  el clima tropical, la productividad de sus pequeñas heredades ancestrales y un espíritu alegre y solidario. Con motivo de la guerra (la de Viet Nam creo), llegaban los americanos y comenzaban a cambiarlo todo, democratizando el sistema  y haciendo caer  al poder reinante. Con la labor de unos gringos altos, rubios y bonitos como los de los Cuerpos de Paz , enseñaban  nuevas costumbres políticas a los nativos echando a caminar toda una nueva manera de hacer las cosas. Al final, se había generado un tremendo caos, porque sin una cultura de la democracia, los naturales caían en los peores vicios políticos. Terminaban  perdiendo el paisaje idílico,  la productividad de sus pequeñas heredades ancestrales, su espíritu alegre y solidario e incluso el clima, dados los cambios  producidos por una incontrolada depredación.

A nosotros nos ha ocurrido algo parecido—sin necesidad de tanto gringo y más bien por influencia de las izquierdas, en el sentido que hemos insistido en democratizarlo todo, más allá de la prudencia y la conveniencia y sin tener tampoco la cultura democrática indispensable.  El hecho es que algunas instituciones  funcionaban mejor con sistemas de tipo republicano que con democracias extremas. Porque se han democratizado desde las elecciones de rectores de  casas de altos estudios a las de los  presidentes del consejos de curso de las escuelas municipalizadas, todo ello con el filtraje de intereses espurios.

Algunas antiguas Universidades tuvieron un sistema de representación de dos etapas,  bien concebido, que fue capaz  de filtrar las influencias políticas inconvenientes dejándolas fuera de las decisiones corporativas importantes. Tenían una asamblea de socios, entre los que se elegían los miembros de un  Directorio que, a su vez, elegían al rector. Este no sólo era un académico del alto nivel, sino que estaba libre de otros compromisos con  las bases que no fueran los del buen gobierno. Las cuestiones de la academia eran manejadas, a su vez, por un Consejo Académico independiente del Directorio, con lo que se evitaban mezclas peligrosas.

La reforma de 1968 terminó con ese sistema y comenzamos a elegir a los Rectores como quien elige un delegado sindical y con los mismos objetivos, con lo que la calidad de los candidatos bajó ostensiblemente y el manejo de las Instituciones se degradó de manera significativa. La política contingente se filtró a la academia (hasta el extremo de ver a nuestros rectores marchando cerca de los encapuchados), con lo que se perdió buena parte del paisaje universitario idílico, de la productividad de las parcelas académicas, del espíritu elevado y solidario e incluso del clima laboral.

La conclusión necesaria es que la democracia, que funciona muy bien a nivel de los ideales más puros, se complica a la altura de la praxis por falta de cultura democrática.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿SUBIR O BAJAR TRIBUTOS?

Winston Churchill decía—aludiendo a la inclinación de las izquierdas por subir los tributos—que pretender solucionar los problemas de un país aumentando los impuestos era como meterse en un balde y tratar luego de levantarlo tirando de la manija. Agregaba que si se insistía en mucho en tirar  y el balde se desfondaba,  nos quedábamos  sin tener con qué  ir a buscar agua. Por otra parte, comentando la inclinación de las derechas por rebajar los impuestos,  recordaba  la muerte de un burro al que un campesino estaba tratando de acostumbrar a vivir sin comer, comparándola con lo que le ocurriría al Estado si no recaudaba lo suficiente. La prudencia aconsejaba, concluía,  no recaudar tanto que el balde se desfondara ni tan poco, que el burro se muriera.

Sin pensar siquiera en si la forma en que se usan nuestros impuestos es eficiente o ineficiente (que es una pregunta previa a cualesquier reforma tributaria) me pregunto ¿Cómo andará realmente la proporción de impuestos que pagamos los chilenos  personas naturales en relación con el volumen del producto interno bruto?  Se escuchan diversas opiniones en el sentido de que pagamos muy poco en comparación con  economías de Europa más desarrolladas económica y socialmente, razón por la cual deberíamos hacer una reforma tributaria que nos subiese los impuestos personales. “Que paguen los ricos y los poderosos”, dicen los líderes estudiantiles de izquierda. También se escuchan reflexiones en el sentido que  si bien tributamos menos que lo que se tributa en las economías del bienestar, pagamos demasiado en proporción al monto de nuestros ingresos, lo que justificaría que se rebajaran nuestros tributos.

No tengo mucha claridad sobre cuál es la opinión más valedera, pero parece que se trata de un problema de proporciones. Si yo ganara 30 millones de pesos al mes—que es lo que se rumorea obtienen algunos académicos reputados de la Universidad de Chile entre rentas, proyectos de investigación y participaciones en prestaciones de servicios y  es lo que  ganan altos ejecutivos e integrantes de jugosos directorios—me daría lo mismo que el Estado se llevara hasta un 50 % de mis ingresos, porque con el otro 50% viviría como un rey (digamos más ajustadamente, viviría).

No debemos estar tan mal con nuestros impuestos bajos después de todo, dado el estado calamitoso en que se encuentran hoy por hoy  las economías del bienestar europeas con sus impuestos altos y su enorme gasto social. Pobre griegos, italianos, españoles y portugueses que se ha gastado lo que no tenían tratando de parecer lo que no eran. Pobres alemanes, franceses, belgas, holandeses y demás, que van a tener que pagar una  fiesta a la que no fueron.

lunes, 28 de noviembre de 2011

CULTURA DE LA LIBERTAD

La libertad no es un bien libre, como el aire,  ni un derecho de los que llamados derechos humanos inalienables que se nos adscriben por  la sola circunstancia de ser personas. La libertad, del mismo modo que la educación,  es una conquista por hacer, un logro que nos impone costos y condiciones y nos reclama responsabilidades permanentes y continuas. Una persona no es libre per se, porque no vive sola sino con los otros. La libertad, como la educación,  es en función de los demás y se tiene que  enseñar a gozarla y respetarla como  parte de los bienes culturales que legamos a nuestros descendientes. No se es libre así no más, sin una cultura de la libertad que heredar.

En Chile no tenemos ese tipo de cultura o no la hemos desarrollado adecuadamente. Más bien creemos en limitar la libertad y en cuanto aparece, tratamos de acotarla, tarifarla, condicionarla y mantenerla a toda  costa bajo control. Todos hablan de la libertad, es cierto, pero a nadie le gusta demasiado. A los políticos, sobre todo, no les gusta la libertad. Para ellos es esa cosa molesta que revuelve y revoluciona  a los ciudadanos y opera y se sostiene sin necesidad de ideologías o consignas, complicando, entorpeciendo, peligrosa y molesta.  Por eso se nos han vendido  el sentimiento que la libertad de los otros nos vulnera, en tanto la noción de igualdad  nos protege. Hemos idealizado el concepto de igualdad, pese a que siempre se iguala hacia el promedio.

En los doscientos años de vida republicana que llevamos en este país, no hemos llegado nunca a encarnar verdaderamente los ideales libertarios que se proclamaron en las gestas independentistas. Dichos ideales fueron literalmente letra muerta porque nos eran ajenos culturalmente. Nunca alcanzamos la simplicidad de las definiciones libertarias que hicieron otros pueblos. Con toda su  brevedad, el preámbulo de la Declaración de Independencia de las Colonias Americanas de 1776 lo establece meridianamente,  suficientemente y de manera inspiradora.

¿Cómo vamos a alcanzar el desarrollo si no gozamos de una cultura de la libertad que nos permita realizarnos y contenernos como personas de manera natural? ¿Cómo vamos a ejercer verdaderamente nuestros derechos civiles si nos debatimos entre limitaciones y cortapisas porque estamos acostumbrados por doscientos años de manipulaciones a encontrarle las cinco patas al gato?  Nunca hemos tenido una noción de las verdaderas libertades personales, sino más bien un sentimiento de masa, ejercido en la turba, en medio del desorden. Completamente en contraste con el verdadero sentido de la libertad que es personal como lo son  las responsabilidades.

Enseñar a ser responsablemente libertarios es a  lo que deberíamos orientar nuestra educación aprovechando la oportunidad de la reforma…Pero ¿a quien le conviene?

sábado, 26 de noviembre de 2011

EL BRAZO DEL DOCTOR INSÓLITO

En la película de 1964 Doctor Insólito, del gran director Stanley Kubrik, el notable actor inglés Peter Sellers interpretaba al Doctor Strangelove, un científico alemán nazi al servicio como asesor de los militares norteamericanos. El personaje no podía evitar que al menor descuido, se le levantara el brazo en el saludo nacista, razón por la que tenía que sujetárselo e incluso luchar contra este tic comprometedor.

He traído este recuerdo a colación, porque la actitud de muchos personajes del mundillo político y social se asemeja enormemente al curioso tic doctor Insólito. Me refiero a la tendencia—evidenciada a propósito de un despropósito como el del mentado homenaje a Krasnnoff— a querer prohibir cualquier comportamiento o actividad que no resulte de políticamente correcta o del agrado de cierto sector. Lo hemos visto en algunas opiniones respecto a prohibir desde la publicación de libros escritos en defensa del gobierno militar hasta celebraciones de eventos en que aparecen personajes que participaron de esa administración. Tengo como muestra, el caso de una pariente política que bloggea (perdón por el barbarismo) esta y otras opiniones con extrema intolerancia.

Es que el tema es, precisamente, el de la creciente  intolerancia que comienza a sistematizarse y a aparecer desvergonzadamente en los mentideros de opinión y en las redes sociales.  Es más, la intención de los intolerantes que se multiplican como las células de un cáncer, apunta a prohibir  todo aquello que no les agrade. Y no les agradan las opiniones disidentes, las libertades civiles extendidas, ni el derecho a la  iniciativa y el emprendimiento. Prefieren controlar que permitir; elijen restringir antes que incentivar; temen a la libertad de acción y de conciencia. Prefieren la doctrina y la ideología al pensamiento creativo y la competencia. Por eso no les gusta el modelo y luchan por desprestigiarlo. Por eso están concertados para derruirlo.

Todas esas preferencias que he enumerado describen el carácter de los totalitarismos. Esos totalitarismos que creíamos extintos a partir de la caída del Muro de Berlín, pero que subyacen latentes, arraigados en lo profundo de nuestras bases culturales latinas. Es el miedo a la libertad de conciencia, es la inclinación al sectarismo, que esperan su oportunidad.

La tendencia de los temerosos de la libertad  apunta, naturalmente, a multiplicar las prohibiciones y cortapisas antes que a desarrollar las actitudes positivas y proactivas. Por eso aman y añoran un Estado grande; por eso sueñan con leyes draconianas y normativas castrantes. Por eso son a cada momento más intolerantes. Es la tendencia ancestral de la cultura política. Es el brazo del doctor Insólito haciendo el saludo.